Era un 20 de febrero. Arnaldo y Anabela
festejaban su aniversario número 40. Apenas unos meses atrás, habían recibido en
herencia una casita, del abuelo paterno de Arnaldo. Como sus hijos estaban
grandes y vivían discutiendo, ellos se sentían una molestia. Querían dejar esas
revueltas atrás; así que lejos de aceptar los problemas y el ruido, eligieron
vivir en aquella casita del abuelo, lejos de tanto stress, y para estar un poco
más solos.
Al comienzo, saber que estaban en el mismo
lugar en donde su abuelo jugaba de niño; en donde relataba sus andanzas y
aventuras, les llenaba el alma. Pero les costaba comprender como un niño podía
ser feliz ahí, en un espacio tan grande, pero tan vacío. Ellos, siendo adultos,
llegaban a molestarse con la rutina, cuando no tenían nada para hacer. Es así
como cada uno fue construyendo su espacio. Arnaldo limpiaba el jardín, atendía
a los animales de la granjita, y luego se sentaba a mirar el horizonte. Anabela
se apresuraba a terminar con lo suyo, para ponerse a bordar en punto cruz,
mientras sintonizaba el único canal local, en donde pasaban una novela de su
niñez. Por las tardes, se sentaba junto a Arnaldo, a ver el atardecer tomando
unos mates en el porche de entrada. Los días eran tranquilos. Muy tranquilos. Tanto,
que a veces se iban a dormir a las seis de la tarde… Y no es que no estaban
felices; poder estar juntos y sin presiones, sin horarios, los hacía sentir muy
bien. Pero a veces la soledad pegaba duro. Anabela lloraba sola en su cuarto,
mientras que Anselmo la llamaba desde el porche. Otras veces ella preparaba
pastelitos para el mate, llegaba al porche, pero él ya se había ido a dormir.
Habían encontrado la paz que buscaban, una paz rara… una paz de silencio contundente.
Cada mañana se cruzaban en el desayuno. Apenas dos o tres
mates y cada uno a lo suyo para matar el aburrimiento; dejando de lado el
momento feliz del encuentro que tanto habían buscado.
El problema;
o la solución…, apareció un domingo por la mañana; cuando unos turistas con un
percance, pasaban por el lugar, y les pidieron agua para sus hijos. Una niña y
un niño. El auto se les había descompuesto, y debían caminar hasta el próximo
parador. Anabela y Arnaldo estaban muy felices de ayudarlos. Les ofrecieron una
taza de café mientras descansaban en el porche, y telefoneaban para arreglar su
desperfecto.
Mientras Anabela cocinaba, la niña la observaba. Anselmo,
junto al niño, de apenas unos siete años, recorría parte de la granja,
mostrándole los animalitos.
Llegó el
mediodía, y no podían dejarlos ir con el estómago vacío, así que Anabela agregó
más papas a la olla, y en pocos minutos todos se sentaron a comer.
Volver a tener una mesa de domingo como esta, con los
platos llenos, con niños correteando y una madre ordenándoles sentarse, más
allá de ser una molestia, los acercaba a los hijos que dejaron en la ciudad, en
esos nietos que seguro estaban creciendo.
Al finalizar el domingo, los turistas se habían ido, y
sin darse cuenta Anabela y Arnaldo habían empezado a derramar unas lágrimas. Era
el momento de replantearse volver a la ciudad. Lo que proyectaron como placer,
ya comenzaba a ser un desagrado. Ya resultaba aburrido mirar la novela,
contemplar el horizonte, tomar mate en el porche. Esa misma semana planificaron
volver. ¿Es hora de volver? Si, ya no importaba nada, más que poder volver a
abrazarlos y tenerlos al lado todo el día. Tenían una necesidad urgente de
sentir el pegote de los caramelos en el pelo, de los abrazos dulces de la
nieta. O los golpes en el portón, de los pelotazos de los chicos, jugando un
partido eterno que aniquilaba cualquier siesta. O las discusiones en la mesa,
los goles del partido, el humo del asado en toda la casa… No lo pensaron más,
armaron un bolso con lo indispensable y se sintieron libres huyendo de aquel
paraje de soledad y aburrimiento.
Llegaron a la ciudad, como planearon, para el domingo a
mediodía. Imaginaban la felicidad de volver a tenerlos a todos juntos,
abrazarlos, reír, contar historias, acariciarlos y medir en la pared cuando
crecieron los nietos… Entraron y saludaron con mucho amor. Pero los nietos
estaban sumergidos dentro de una pc, o un celular. El hijo miraba futbol, y la
esposa se tomaba selfies para las redes. Y lo peor, cada uno de ellos, se sintió
molesto de tener que dejar lo suyo para atender a los abuelos.
Arnaldo y Anabela tomaron sus bolsos, y volvieron a su
soledad.
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