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Canchita

 

Nos habíamos mudado el viernes, y estuvimos todo el finde acomodando la casa. ¡Yo estaba re podrido!, así que salí a caminar y conocer un poco el barrio.

-          Hey, ¿Vos sos el que se mudó ahí, a la casa de alto? – me dijo mientras paraba la bici.

-          Si, ¡hola!, soy Carlitos.

-          Jorge – dice, y me da la mano

-          ¿Vas a una escuela de por acá? - dice

-          Si, a la 14 – y me mira de pies a cabeza

-          ¡ah, sos de plata vos! - afirma Jorge – Si vas a la 14, sos de plata.

-          No, no se…- no supe que decirle – No, yo creo que no.

-          ¿Qué haces los domingos a la mañana? ¿pelota tenes? Porque nos juntamos a pelotear atrás de la iglesia y nos falta uno – dice subiendo a la bici

-          ¡Si voy! ¿a qué hora?

-          A las 11- dice riendo

-          ¡Uuuu! Con mi familia vamos a misa a esa hora.

-          Que lástima, justo que empieza un campeonato

-          Bueno, me escapo de misa – le dije. Yo estaba re emoción, pero no quería que se me note. Jorge se ríe y me dice

-          ¿Todos en tu casa van a misa? ¿O queda alguien? para pedir sanguche

-          Sí, vamos todos, hasta que tome la comunión. Pero yo te lo puedo traer un sándwich

-          ¡júrame que venís! Puntual el domingo a las 11 y hay que poner 20$ No me hagas quedar mal con los pibes ¡y traer la pelota, obvio! – montó en su bicicleta, y se fue.

-          Yo estaba feliz y no lo podía creer, tenía un amigo y un partido de futbol en la canchita del barrio nuevo.

El domingo, mamá insistió en que me ponga corbata y no podía decirle que iba a escaparme a jugar con los pibes, así que me la puse. Guardé un sandwich en el bolsillo y fuimos a misa. Cuando empezaron a cantar, le dije a mi vieja que me iba al auto, porque me sentía mal. Agarré la pelota y rajé a la canchita

-          ¡Llegas tarde! ¿trajiste la pelota amigo? – me dijo Jorge

Se la di, junto con el sándwich; mientras me sacaba la corbata. Jorge toda la semana me había dicho que no podía faltar, que los pibes copados, y que iba a tener varios amigos.

 Y allí los vi, de pie en medio del campito. Ninguno me saludó.

-          ¿Y la plata, trajiste? – me dijo Jorge, extendiendo la mano.

Saque dos billetes arrugados de mi bolsillo y los agarró enseguida. Se dio media vuelta para el lado de la cancha y lo seguí.

-          ¿de qué juego? – le dije, entusiasmado.

-          No hay lugar, estamos completos. – me dijo, mientras con una mano sobre mi pecho me empujaba hacia atrás, y tiraba la pelota al medio del campito, en donde todos comenzaban a correr.

Me armé de paciencia. Solo debía esperar a que haya un cambio. Estaba feliz, de juntarme con una barra de pibes del barrio nuevo al que nos mudamos. No quería parecer un pelotudo, así que traté de ocultar mi emoción.

Hubo un solo cambio, y el que entró, había llegado después que yo… pero como iban perdiendo 7 a 2, me quede piola. Todavía no saben cómo juego. Y capaz que el pibe que entraba era un fenómeno, y le ganábamos a los otros…

Faltaba poco para terminar, y un grupo de pibes más grandes llegaron al campito. Hablaron con Jorge y todos comenzaron a correr para una esquina. Jorge corría con ellos. Me quedé esperando a que me devuelvan la pelota. No volvían, y uno de los grandes se me acercó.

-          ¿Qué hace pibe? ¿estás buscando algo?  - me dijo y me miraba igual que Jorge la primera vez, de pies a cabeza.

Me paré asustado por su tamaño. Además, estaba muy cerca y creí que me iba a hacer algo.

-          No, lo espero a Jorge nomás. Él es mi amigo

-          ¿vos te juntas con esos pibes?  - me dijo riéndose

-          Si, les presté la pelota, y estoy esperando. Seguro ya vienen, gracias, gracias – y traté de cortar todo dialogo para que se vaya, la verdad me cagué todo. El flaco se alejó riéndose.

-          No pasa nada amigo, ¿después me prestas la pelota a mí? – me dijo mientras mostraba todos sus dientes en una gran sonrisa.

Asustado, me alejé lo más que pude. Minutos después, cansado de que Jorge no vuelva, me fui.

Cuando estaba caminando a casa, apareció Jorge por atrás, pegándome con la pelota en la cabeza. Me dolió, pero no podía mariconear, así que me la re banqué, y me di vuelta sonriendo. Estaba todo golpeado.

-          La próxima, trae una pelota sana, esta porquería se pinchó – Me dijo, tirándola delante de mis pies. Dio media vuelta con su bici y se fue.

Llegué a casa y había dos patrulleros. A todos nos habían robado la confianza.

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