Al día siguiente lucía una trenza, sus mejillas estaban rosadas, y su andar era plácido... Llegó la hora de la siesta, y todo el rancho quedó en penumbras. Descubrió su risa... imaginó sus ojos... La separaban de allí algunos lapachos... cinco tal vez, o diez, y no moderó su paso. Sentía bajo sus pies el crujido de las hojas, iba mirando la senda, soltando el aliento... Aflojando los nudos de su trenza, soltando el lazo de su delantal, Desabrochando un botón de la blusa... Llegó agitada, con sus mejillas rojas, soltando su pelo. Se apoyó en el marco esperando verlo...