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El último cierra la puerta

 

De pie en un rincón los veo entrar.

Se ríen y se chocan al pasar por el pasillo. ¡Igual que cuando éramos chicos! Corren a ver quién se sienta primero alrededor de la mesa.

Uno se da vuelta y me dice - ¿Todavía no pusiste la pava? – yo, impávida los miro a todos, y no puedo sacar de mi cabeza la imagen de cuando tiré ese terrón de tierra sobre el cajón. Sonó vacío, hueco. Y así me sentía yo. Hueca. Desolada entre tanta gente, una vez más.

Todos hablan y ríen como si fuera una fiesta. Nombran en algún recuerdo, a cada una de las personas que volvieron a ver, después de tanto tiempo. De pronto, uno corre a la habitación de papá y mamá, y otro lo sigue detrás.

-      “¡Esa es mi habitación!” - pensé gritarles. Desde hace unos cuantos años papá ya no dormía ahí. No les extrañó encontrar allí una cuna… ¡revolvieron cuanto pudieron!

Segundos después los veo traer en sus manos un viejo sobre todo, de los años 60. Otro trae un sombrero en su cabeza y hace poses. Se ríen a carcajadas. Todos se prueban el sombrero. El del sobretodo se cierra los botones y se sienta, calladito en un rincón.  

     “¿Esto solo queda? – dice alguien, y todas las miradas se dirigen a mí, que sigo aferrada a un pañuelo que ya está gris de tanto moco y tanto llanto.

Sin esperar respuesta, otro corre a la misma habitación. Al instante, trae una gran caja que pone con toda la furia sobre la mesa.

– ¡eh! – le grita uno que está sentado cómodamente sobre la estufa garrafera, - ¡Cuidado que esta mesa me la llevo yo!

-      Pero cállate, “mesa” … - abre la caja - Mirá lo que tengo acá papá, ¡una joyita!

Haciendo sonar algunas teclas, saca el bandoneón.

-      “Este se va conmigo” –

Y así, sin piedad y sin dolor, comienzan a repartirse las cosas que van encontrando. Zapatos, pantalones, camisas, sweater… Hasta que llegó lo más preciado para mí, …y la pregunta más temida.

-      ¿Y papa no era que escribía? ¿A dónde está eso?

-      ¿Poesías no? – saltó otro… nadie parecía tener idea.

Ahogando mi llanto, señalé con una mano, rogando que no encuentren con que subirse. Sobre un estante, oculto, unas ocho o diez bolsas de consorcio, con miles de poemas que papá le escribió a mamá, durante los diez años que pasaron hasta que él también murió.

Las bajaron; y manoteando hojas amarillentas, reían burlándose. Eran las mismas obras, que papá me leía con lágrimas en los ojos.

        Nunca dije nada. Soy la más chica. Los más chicos nunca decimos nada importante. Siempre que abrimos la boca, es para que otro nos acuse de mentirosos o de estar inventando. Siempre todo lo hacemos mal. Aunque tengamos cuarenta, siempre decimos pavadas.

-      ¿Y vos cuando te vas? – me dice uno, que iba saliendo con una gran bolsa llena de ropa; y mirada desafiante.

Con dedo acusador - “Vos viniste acá a cuidar a papá, pero ¡Papá se murió!”.

Y se acerca mi hermano menor, que nació antes que yo, haciéndole de coro – Así que ¡mañana! tenes que sacar –enfatiza- todos tus bártulos a la calle, porque nosotros tenemos que vender la casa.

Me lanzan una mirada fulminante, tan fría como la misma muerte, mientras van desfilando con algún bulto de todas las cosas que deciden llevarse, y van saliendo a la calle.

En cada rincón me parece ver a papá, llorando por el desamor.

Salen todos. Última, salgo yo.

-      ¿A dónde te vas? – me dijo uno

-      Voy a buscar las cenizas al crematorio. –le dije.

-      Qué pena, yo voy para el otro lado. –subió a su auto y se fue.

Abrí mi paraguas y me fui, esquivando para no pisar, las baldosas flojas.

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