Creo que porque estaban dolidos; me llamaron a mí, porque
yo era la lejana… “la ahijada de un tío adoptivo…” Si, re lejana; y nadie sabía
que éramos amigos.
Llegué, y entré despacio por el portón del fondo, como
siempre. A escondidas, después que volviste y nos íbamos a la terraza a fumar.
El patio estaba inflado de gente. Muchas personas que yo
ni conocía, o no los veía desde que cumpliste 12, y yo apenas tendría 5… o 6,
no sé. ¿Qué se iban a imaginar? Habían pasado tantos años desde que los crucé
por última vez, que, por lógica, ni se acordarían que jugábamos a ser novios. Después
crecimos y nos gustaban los mismos chicos.
Pasé como pude, entre piernas cruzadas, olor
a licor, risas y llantos; todos al unísono. Por detrás, alguien me rozaba con
una bandeja llena de tazas de café, empujándome contra una corona.
El patio estaba cubierto con una lona improvisada; que
sacaron “del camión de Quique ¿total…?” dijo una tía comentándolo a un grupo.
Llegué a la puerta de la cocina, y el humo del cigarrillo
se confundía asquerosamente con el olor a flores, y los labiales viejos de tono
rosa pastel que usaban las tías de Quique. No parecía muy diferente a los
cumpleaños, o las navidades de cuando éramos chicos. Bullicio, gritos,
murmullos… Y como siempre, nadie reparaba en Quique. Él, que miraba el mundo
detrás de esos enormes ojos celestes, profundos y tristes esperando ser
reconocido por alguien... Ser aceptado.
¡Pobre Quique! Tomó la decisión más errónea. Quitarse la
vida cuando todo parecía encaminarse... Sé que lo planeó durante muchos años. Siempre
me lo dijo, y no pude convencerlo de hacer terapia…
Cuando iba a visitarlo al internado donde lo habían
puesto, colgándome por los paredones de la calle Italia, le llevaba mandarinas,
y trataba de que los curas no lo pesquen… Él siempre me decía que un día se iba
a escapar para mostrarle a su papá que era el su hijo de verdad, no “el fruto
del pecado” como decían sus tías. Y que su papá se iba a dar cuenta que eran
igualitos, y le iba a pedir perdón por matar a su mamá… por no creer en ella… Y
que lo iba a aceptar como él quiera ser.
¡Qué tarado tu viejo, Quique! ¡Sos idéntico! …bueno, eras
idéntico… ¡con el pelo corto eran iguales!
Camino hasta donde está tu cuerpo. Todos
hacen silencio y me abren paso. Llego y te veo ahí, “está como dormidito” me dice
una señora. Yo te vi la cara llena de moretones y gasas ¿Qué hiciste Quique? ¡Tanto
que te cuidabas…! El desconsuelo y la amargura que siento no puedo
describirlos. El áspero de la tela que está dentro del cajón me lastima la yema
de los dedos. Y veo los tuyos, fríos, blancos, como si tuvieran talco. No puedo
tocarte, perdón Quique. No puedo soportar que estés ahí. ¿Qué hiciste con tus
sueños? Íbamos a solucionarlo… Dejar de “hacer trabajo de hombres”, como decías
porque trabajabas en el camión, y comenzar con tu carrera de diseño, y cambiar
tu vida, y volar alto… ¡Cuánto dolor! ¡No puedo contener mi llanto!
Todos alrededor me miran raro.
Llega tu tía Yolanda, me agarra del brazo y me saca al
patio casi arrastrándome. Me lleva a tu habitación en el fondo; no adentro de
la casa. Ni eso te permitieron…
Ella me hizo pasar.
-
Este es el cuarto de…
-y se quedó muda. ¡Ni tu nombre sabía!
-
Quique – le dije
mientras me atragantaba con las lágrimas de ver que siempre fuiste “nadie” para
ellos.
Entramos, y me pidió que revise y limpie bien todo. Que
ponga en cajas. Que tire lo que no sirva.
-
Él era hijo de mi
hermana Olga, así que todo lo de valor es nuestro. – y mientas salía, en tono
cómplice agregó – ¡No te robes nada!
Pensé insultarla, ¡qué pelotuda! Ni te conoció. Jamás te
fue a visitar al internado. Cuando volviste a tu casa, te insultó porque usaste
una vincha… Nunca tuvo ovarios para decirte que ella sabía que eras hijo de Olga.
¡Y justo vino a decírmelo a mí, hoy y ahora, que ya no te lo puedo contar!
Quizá tenías razón, y hay que retirarse a tiempo.
Comentarios
Publicar un comentario