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Mostrando las entradas de agosto, 2021

Sol tropical

  Cansada de esperar una palabra de amor, tomo su bolso y huyó.  El viento zonda le golpeaba la cara y sus lágrimas se marcaban a fuego, bajo el ardiente sol tropical. Corrió un bus y subió como pudo.  Incómodo y repleto de bolsos, sudores, aves de corral.  Lloró medio viaje.  Bajó al ver caer el sol.  Entró a la polvorienta casilla y comenzó a barrer.  Salió por víveres y supo que vendrían los cosecheros. Calentó agua para la bañera, cambió las sabanas, puso flores frescas y abrió las ventanas.  Ahora, en la puerta, aguarda elegir varón, al verlos pasar.

Enajenada

  El viento norte se mete entre sus ropas.  Sube al autobús y sin soltar su pasaje se estremece por un aroma masculino que penetra en sus sentidos.  Asombrada busca ávidamente entre los pasajeros.  Observa y elige sin distinción, de preferencia, jóvenes.  Esa fragancia la subyuga hasta que, con horror, puede descubrir que quien la posee es un hombre de baja condición, carente de todo atractivo para Laura.  Descontrolada se acerca apenas un poco, cierra los ojos y aprieta los puños.  Pasa por detrás y deja a sus pezones rozarle la espalda.  Baja del colectivo secándose el sudor.

Sorpresa

  Camina rápido, intentando que no la atropellen.  Los pasillos de la librería central están atestados.  Madres y niños se matan por la última carpeta con el súper héroe del momento.  En medio de tantas corridas, por uno de los pasillos, aparece él. Un niño lo jala de su manga.  El, paralizado, la mira y se detiene.  Ella enmudece al verlo y no puede ocultar su emoción.  Luego de un gesto de complicidad y una caída de ojos, ambos miran al suelo.  Se cruzan, rozan sus manos y una sonrisa se les dibuja en el rostro.

La cabaña

  La joven, aprovechó el silencio de su cuarto y caminó lentamente hacia la calle para despejarse.  Abrió la puerta y una brisa fresca la abrazó.  Sorprendida, pudo notar que en lugar de “su calle”, atestada de vehículos y comercios, el paisaje era otro.  Frente a sus ojos había unas colinas con calles circulares llenas de pinos.  El césped tenía una fina capa de nieve derritiéndose.  En medio, varias cabañas con vidrios empañados y chimeneas humeantes.  Abrió los brazos, respiró profundo y dio unos pasos sintiendo la hojarasca.  Apretó fuerte los ojos temiendo que al abrirlos todo fuera diferente...

Sin espejo

  15 años de letargo... deja atrás un coma profundo, y un accidente donde enviudó. Ahora, dentro de la que será su habitación; sonríe feliz. Por la ventana, una brisa fresca se mete debajo de su camisa y le roza la piel. Sonriente, gira bailando sobre sus pies. Camina despacio, acariciando con las yemas de los dedos, muebles que no recuerda. Mira sus manos y le avergüenza no tener las uñas pintadas. Abre un placard buscando un espejo y se enamora de un vestido, color salmón. Se abre la puerta de la habitación. El trato es extraño, le dicen “señor”.

Como a la hora de nacer

  Entonces tomas tu espada, tu coraza y tu morral y despliega tus alas... Recuerdas cual fue el secreto que tu ángel te dijo al oído segundos después de nacer, mientras sostenías con tu madre la primera mirada de amor...  Y vuelas y comienzas a despojarte de preceptos y mandatos. Y sueñas, y luchas, y caes, y vuelves a levantarte para seguir siendo vos misma y descubrirte.  Porque podes.  Porque una vez, simplemente, le ganaste la carrera a tres millones de espermas. Dios lo quiso así, y te dio la libertad.

Micro relatos de Anselmo, el Verdugo

  A la hora de meter facón nunca me tembló la diestra… pero esta vez no fue fácil, porque el tipo era duro; de esos que asustan de pura estampa. Esos hombres enteros, dispuestos a dar la vida por una causa. Frio para pensar, calculador a la hora de sacar provecho y valiente a la hora de pelar el cuchillo. Y lo peor… ni se inmutó. Pese a haber estado allí, durante largo rato viendo como la vida le pasaba por su rostro..., tranquilo se resignó a su hora.

Por los tobillos

  Esta vez era distinto.  No se… este hombre era como yo. Sin miedo a nada. Guapo y valiente...  Y esos asquerosos, estaban cebados… se refregaban las manos y reían a las carcajadas peleándose a ver quién iba a quedarse con sus botas y su cinto; y el condenado, allí tranquilo, observaba todo con total normalidad.  Como si todo esto él lo hubiera sabido, como si la vida le hubiera indicado en que momento justo habría de morir; y ahora, tranquilo esperaba la hora.

Un Cuarto

  Con mucha dificultad, fuimos palpando las ásperas paredes con nuestras rodillas; “en fila india”. Por apretados pasillos pedregosos; donde la humedad de los ladrillos añejos se metía en mis fosas nasales, y el rancio de los cuartos era un penetrante olor a sangre vieja. Sus palabras resultaban inteligibles, por lo que nos habían inyectado; pero uno a uno, rozábamos los nudillos del otro, para confirmar la proximidad; y así asegurarnos de que estábamos vivos. “Circulábamos” con los ojos apretados, y las lágrimas secas, debajo de esa arpillera tosca y embebida en no sé qué secreción mohosa. Nadie sabía por qué estábamos ahí. No teníamos permitido hablar, y tampoco podríamos hacerlo, ya que estábamos como atontados. De mi boca corría un hilo de baba espesa y resinosa que no podía retener. Nos condujeron hasta un inmenso salón, por donde pude sentir que corría aire fresco. No era ventilación, se sentía como de un gran espacio, falto de ventanas, o reparo. Sin que pudiéramos d...

Cantryn

  Tatiana: ¡Mamaaaá! ¡Mamaaaaaaá! Elvira: (alzando un poco la voz) Pero ¿Qué sucede tesoro? Tatiana: ¡Vení urgente mamaaaaaá! Elvira: Pero Tatiana, ¡Querida! Estoy en zoom ¡en clase de yoga con el maestro Sarabi! Tatiana: ¡Mamá vení rápido que hay una rata gigante bañándose en la piscina! Tatiana no deja de gritar. Elvira se apresura a apagar el micrófono mientras mira hacia todos lados con desconfianza. Cierra la tapa de la laptop y corre hacia el parque colocándose su campera. Como puede, se calza las crocs. En la corrida, resbala, con la cera que Hermelinda está colocando en el piso flotante de la galería; y cae de bruces. Tatiana: ¡Mamaaaá! ¡Apurate! ¡Llamá a alguieeeen! Elvira se encuentra despatarrada en el suelo. Escucha los gritos de Tatiana, y estira una mano para alcanzar un diente que se le cayó en la caída. Se lo coloca, y se va poniendo de pie. Lo sostiene entre sus labios. Apresura su paso hasta llegar a unos metros de la piscina. Allí se ve a Tatian...

Manon

  Apareció nuevamente en mi vida luego de 30 y tantos años. Sinceramente sólo recordaba su nombre, “Zulma”; y era una más en mis recuerdos. No sabía que había dejado una huella tan importante en su vida, ya que, para mí, yo, había pasado desapercibida; o por lo menos siempre traté de que así fuera. Nunca me gustó sobresalir ni... ni mostrarme, ya que me consideraba diferente al resto. Ya sea porque estaban en cada momento mostrando sus virtudes, o su escala social; o vivían en plena competencia para saber cuál padre era más rico, o quien sacaba la nota más alta, o a quien quería más la señorita. Y en esa época la diferencia se notaba. Las maestras, hacían diferencia.  Ahora caigo en la cuenta de que yo tenía otras preocupaciones, aunque casi me habían convencido de que era rara. En casa, mamá se estaba muriendo y yo no podía hacer nada. ¿eso iba a contarles? No era algo lindo, no entraba en la competencia. Tal vez, por estas realidades que me tocaron vivir, siempre me sent...

La Clande

  Un grupo de adolescentes de secundaria, tienen un grupo de chat, en donde hablan todo el día; cuarenta en el grupo, hablando todos a la vez. Alguien dijo: “ya no seremos los mismos”, y esa frase fue suficiente para encender la mecha. Ahora están desesperados por reunirse en una fiesta. Discuten y hacen planes. Buscan alternativas para poder encontrarse. Carlos, que peleó con su padre, está ahora pregonando la idea de una fiesta “clande”. Esto abre discusión entre ellos, pero no logran entenderse. La mayoría discute que no deberían juntarse, el resto, no está de acuerdo con el encierro, y ya no soportan tantas restricciones. Loly, la nueva, no sabe cómo integrarse, y está pensando en un encuentro, para congraciarse. Deciden armar una “fiesta clandestina”, y les provoca más emoción. Desafiantes, cada uno va invitando a uno y a otro, hasta ser una multitud. Reúnen dinero y compran alcohol, asisten a las clases virtuales, y se envían mensajes en código ajustando los últimos det...

Border

  Los argentinos somos “border”. ¿Cómo? ¡Vamos por la vida siempre al extremo! ¡En la frontera! En el borde entre la locura y la lucidez. Te explico. Si somos buenos, nos pasamos de tan buenos, a boludos. Si somos boludos, somos boludos completos. Para hablar, tenemos algo especial que nos diferencia de la mayoría de los países de habla hispana. Por ejemplo. Están los botija en Uruguay, el pela’o o el chino en Colombia, el cipote en Honduras, el chaval en República Dominicana, el escuincle, el bato o el carnal en Méjico… pero no, nosotros en Argentina a los chicos, le decimos “el boludo”. Hola boludo, vení boludo, chau boludo… Si tenemos claro que para nosotros eso es un insulto, ¿Por qué lo usamos igual, y no nos ofendemos cuando nos llaman “Boludo”? ¿somos o no somos “border”? Nosotros creemos que hablamos castellano, ¡pero no! Hablamos argentino. Sí, sí. Ni castellano, ni mucho menos el español. Y lo peor, no nos preocupamos por hablar o entender ni siquiera los modismos...

Una paz rara

  Era un 20 de febrero. Arnaldo y Anabela festejaban su aniversario número 40. Apenas unos meses atrás, habían recibido en herencia una casita, del abuelo paterno de Arnaldo. Como sus hijos estaban grandes y vivían discutiendo, ellos se sentían una molestia. Querían dejar esas revueltas atrás; así que lejos de aceptar los problemas y el ruido, eligieron vivir en aquella casita del abuelo, lejos de tanto stress, y para estar un poco más solos. Al comienzo, saber que estaban en el mismo lugar en donde su abuelo jugaba de niño; en donde relataba sus andanzas y aventuras, les llenaba el alma. Pero les costaba comprender como un niño podía ser feliz ahí, en un espacio tan grande, pero tan vacío. Ellos, siendo adultos, llegaban a molestarse con la rutina, cuando no tenían nada para hacer. Es así como cada uno fue construyendo su espacio. Arnaldo limpiaba el jardín, atendía a los animales de la granjita, y luego se sentaba a mirar el horizonte. Anabela se apresuraba a terminar con lo ...

Tiempo

  Creo que porque estaban dolidos; me llamaron a mí, porque yo era la lejana… “la ahijada de un tío adoptivo…” Si, re lejana; y nadie sabía que éramos amigos. Llegué, y entré despacio por el portón del fondo, como siempre. A escondidas, después que volviste y nos íbamos a la terraza a fumar. El patio estaba inflado de gente. Muchas personas que yo ni conocía, o no los veía desde que cumpliste 12, y yo apenas tendría 5… o 6, no sé. ¿Qué se iban a imaginar? Habían pasado tantos años desde que los crucé por última vez, que, por lógica, ni se acordarían que jugábamos a ser novios. Después crecimos y nos gustaban los mismos chicos. Pasé como pude, entre piernas cruzadas, olor a licor, risas y llantos; todos al unísono. Por detrás, alguien me rozaba con una bandeja llena de tazas de café, empujándome contra una corona. El patio estaba cubierto con una lona improvisada; que sacaron “del camión de Quique ¿total…?” dijo una tía comentándolo a un grupo. Llegué a la puerta de la c...

Balance y discordancia

    Ella busca un gran amor. Sin dolor.   Sin temor. Ama trotar en la plaza y sentir el viento en su cara. Él procura ya no estar más solo. Sin angustias. Sin reclamos. Pasa las tardes en la mesa de un café. Sus miradas se topan sobre la cebra, bajo un semáforo en verde. Se sonríen. Se sorprenden. Se intimidan. Ella lo ve tan imponente, tan hombre; que enmudece. Huele su camisa. Sujeta su brazo mirando sus ojos. Él la observa, tan bella y tan joven que se acobarda. Admira sus ojos. Su piel. Su pelo. Y casi sin quererlo, encuentran la excusa. La gente. El sol. La tarde…Los truenos.   Ella lo invita a salir. Él se cohíbe, pero acude al encuentro. Palermo, Retiro o Boedo y Lujan. Streaming, series. futbol, o boxeo. Los libros. Los cinco sentidos. Ella habla de Wos... Él menciona a Cordera... Un breve cortocircuito los silencia. El paso de las horas. Los colectivos. El murmullo de la gente que pasa. Los truenos que comienzan a aparecer. Él la invita un café. Ella...

No son brujas, no

  Las ventanas siguen cerradas, y las cortinas están anudadas en medio, como si la abuela hubiera estado a punto de barrer. Desde la cocina se oye el extractor sonando a lata suelta, quizá, sacando los olores que pudieran haber quedado. Llegó Flavio, que se asomó, apenas apoyándose, en el marco amarillento de la puerta. Las puertas del encimero estaban abiertas, y debajo había un pequeño charquito rojo. Desde la mesada, un hilo de sangre coagulada delataba donde ocurrió el siniestro fatal. Él estaba desconcertado. Varias veces caminó de un lado al otro… esperando… Luego se sentaba. Con el correr de las horas se fue acomodando sobre el mullido sillón del living, como esperando algo, o a alguien. Encendiendo un cigarrillo tras otro. Dejando las colillas en fila, al borde de la mesa ratona de la abuela Clemen, como esperando que aparezca y lo rete. ¡A propósito! Pero parece que no sabe que ayer se murió. …O sabe, y espera que no sea cierto. O vino a buscarla, pero llegó tarde. No ...

Samantha Bridge

  Si pudiera hacerte entender, o al menos explicarte lo que vi, cuando me vi, desecharías por tierra todos esos malos pensamientos y esos sentimientos de victimización que te acompañan y saldrías de mi mano a correr al sol, pisando charcos y sintiendo el aroma a la lluvia. Pero para eso, deberías encontrarte. Tranqui, yo te espero!   S.B.

Angelus

  Marta entra de golpe al despacho; y casi prepotente, coloca sus puños sobre el escritorio, mientras mira fijamente a la hermana Soraya que está colocando unos libros en la biblioteca. Marta: (determinante) No estoy a gusto aquí, ya no es mi lugar. Soraya, sorprendida, se deja caer sobre el sillón. La mira con los ojos pasmados, apenas tapando con los dedos, incrédula, con su boca abierta. Marta, intenta encontrar las palabras adecuadas. Marta: (Justifica) Por más que traté de convencerme a mí misma, y aunque busqué en lo más profundo de mi corazón, siento que no debo estar aquí. (comienza a caminar sobre la alfombra, mientras aprieta sus puños a los lados de su cuerpo) -   Apelé a los mejores momentos vividos; y no puedo negar que fuí feliz, pero ya no siento que pertenezca a este lugar. Soraya sigue tapándose la boca, y la ve caminar, de un lado a otros, agitando sus brazos como para tomar vuelo. Marta:   Hablé con el señor ( secándose una lágrima ) -  ...