Entré a la habitación de mamá, porque sentí olor
a acetona. Se acababa de poner ese esmalte rosa que le quedaba muy bonito. Noté
además, que había llorado. Sin preguntar la observé hacer movimientos pausados
y rutinarios, pero con la pesadez del dolor. Puso perfume en su pañuelo, lo
colocó en su cartera, junto a sus guantes blancos. Se puso el tapado gris, y se
acomodó el cabello con una peineta de carey. A mí me puso esa campera celeste
nueva… la “safari rompeviento” que no me gustaba; y cerró el cierre bien alto, hasta
arriba.
Caminamos por
la Junín, y pasamos por la quinta de Ricciardi. Esos árboles eran gigantescos y
fabulosos. Me gustaba abrazarlos, con su corteza blanca y esas pelotitas de
color bordó que tenían pinches.
Yo trataba de
que mamá no se dé cuenta. Me había olvidado de lustrar mis zapatos, y el
pantalón tenía una manchita del café con leche que tomé apurada, cuando llegué
de la escuela. Pero, extrañamente, mamá no se dio cuenta. Ella ponía y sacaba
el pañuelo de su nariz. Lo guardaba en su cartera. Me tomaba de la mano. Me
soltaba y lo tomaba, y limpiaba su nariz. Y así reiteradas veces, caminando por
la Junín.
Llegamos a la
casa de la abuela, y en la puerta había unos señores de traje negro, y guantes blancos,
como los de mamá. Muchas personas vestidas de negro. Había un olor raro y,
además, muchas flores prendidas en una rueda verde. A medida que entrabamos,
todos la miraban, y ella seguía con su pañuelo. No me miraba. Entramos a la
cocina, y las tías se la llevaron. Y ella, no me miraba. Y yo no entendía,
porque tantas flores, tanta gente parada, todos de negro, todo tan feo. Y
misteriosamente las chicas vinieron corriendo a buscarme, y me sorprendí,
porque me llevaron a la habitación de arriba, a donde nunca me dejaban entrar. Pensé
que era el día de suerte, por fin podría jugar con sus muñecas, esas que nunca
me prestaban, pero no. Allí estaban solas. Sentadas en la cama, mirando fotos y
llorando. Todas con pañuelos con flores. No supe que hacer, no vestía de negro,
no llevaba perfume, y saqué mi pañuelo, pero tenía hadas. No podía sumarme a
esas lágrimas que no entendía. Pero callaba. Las miraba, y me miraban, y nadie
decía nada. Y yo veía a esa muñeca desde lejos, pero algo me decía que no debía
preguntar.
Nos trajeron
galletas y un vaso de leche. La hermana de mamá, se llevó a la menor de mis
primas. Le puso el tapadito rosa. La peinó. Nos miró con tristeza. Yo no sabía
que cara poner, así que perdí la mirada en las maderitas del piso, que se
cruzaban, y se encontraban… De pronto, mirándome fijo, las sacó a todas afuera.
Me sorprendí. Y nos quedamos solas, la muñeca de sombrero rojo y pollera a
cuadros, y yo. Y me miraba sonriente, pero yo no debía tocarla.
Entraron y me dieron un cuento, pero no me
preguntaron si sabía leer. Se sentaron en la cama y volvieron a llorar, mirando
fotos. Pasó un rato, y nadie me habló. Ese libro tenía muchas letras y unos
dibujitos lindos, pero todas lloraban y nadie me hablaba. Y mis ojos se
enturbiaban, porque no sabía leer, porque todas lloraban, porque nadie me
hablaba.
Un tío me vino a buscar. Me alzó en brazos y
bajamos esa escalera tenebrosa, hasta llegar al living, donde había muchas
personas paradas. Todos lloraban. Todos me tocaban. Yo no sabía porque me
miraban con pena.
Atravesamos a todas esas personas, hasta que
llegamos a donde la gente lloraba aún más. Ahí estaba, acostado el abuelo,
dormido, seguro cansado de tanto trabajar. No sé por qué le gritaban, lo iban a
despertar. Mi tío me dijo dale un beso al abuelo, pero no quise, Si despertaba
justo con mi cara al lado de la suya, podía asustarse, y enojarse, y sería otro
más que me hubiera mirado raro. Como todos me miraban ese día. Con pena, serios
y llorando.
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