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Un Cuarto

 

Con mucha dificultad, fuimos palpando las ásperas paredes con nuestras rodillas; “en fila india”. Por apretados pasillos pedregosos; donde la humedad de los ladrillos añejos se metía en mis fosas nasales, y el rancio de los cuartos era un penetrante olor a sangre vieja.

Sus palabras resultaban inteligibles, por lo que nos habían inyectado; pero uno a uno, rozábamos los nudillos del otro, para confirmar la proximidad; y así asegurarnos de que estábamos vivos.

“Circulábamos” con los ojos apretados, y las lágrimas secas, debajo de esa arpillera tosca y embebida en no sé qué secreción mohosa. Nadie sabía por qué estábamos ahí. No teníamos permitido hablar, y tampoco podríamos hacerlo, ya que estábamos como atontados. De mi boca corría un hilo de baba espesa y resinosa que no podía retener.

Nos condujeron hasta un inmenso salón, por donde pude sentir que corría aire fresco. No era ventilación, se sentía como de un gran espacio, falto de ventanas, o reparo.

Sin que pudiéramos darnos cuenta, fueron uniéndonos, con una gruesa y espinosa soga plástica, entre nuestros antebrazos, dejándonos unidos, provocando que choquemos nuestros dedos fríos. Con un suspiro de silencio forzado, apenas seseábamos para avisar de alguna manera que seguíamos ahí, y nos dábamos fuerza. En lugar de marchitarnos, nos alegrábamos porque sabíamos que no estábamos solos.

Muy cerca nuestro, oíamos sus respiraciones; y absorbíamos sin querer sus alientos. Ellos parecía que tenían días sin bañarse, y emanaban un fuerte olor a hoja de coca. Confirmaba mis sospechas escucharlos escupir cada tanto, y sentir el crujido de las bolsas plásticas verdes, en donde elegían las hojas concienzudamente.

Por un momento nos dejaron allí, y no sabíamos si alguien de ellos estaba cerca. Estábamos asustados. Yo estaba a punto de hablar, para ver si reconocía a alguien, cuando justo tironearon de la soga con la que estábamos unidos, y el silencio desapareció en el suelo, con la caída de alguien que no pudo mantener su estabilidad.

Todos pudimos sentir un quejido de dolor, un llanto y unas lágrimas, que pronto sosegaron con un chasquido de látigo en una piel magra, una espalda huesuda, donde el golpe se hizo eco y resonó en la gran sala. Y un grito de sufrimiento fue apagado, con algún asqueroso y hediondo trapo, sobre su boca. Mientras el gemido de sus labios apretujados contenía horrorizadas lágrimas de espanto.

Se oyeron de pronto, los tacos de las botas que chocaban contra el suelo; y “flip flip flip” la fricción de las telas de sus uniformes grises, y cruentos. Cada vez se oía más cerca; y a lo lejos, se podía percibir, el sonido de los portones de hierro, con sus pestillos entrando a la fuerza en los herrajes, que quizá la oxidación alteró.

Volvieron a tironear de la soga, y hubo quejidos, roces, empujones… se comenzaron a escuchar los pasos sobre la madera, madera hueca, resinosa, madera con arenilla, madera gastada. Lo sé, porque, entre la base del dedo gordo del pie; y el talón, pude sentir, justo debajo del empeine, como la madera se henchía hacia arriba, generando un montículo debajo de mi pie. Creo que también había un clavo, per a esa altura ya no sentía más nada.

Nos arrastraron hacia un corredor, donde la ventisca era más fuerte. Nos quitaron las sogas y nos fueron empujando dentro de diferentes cuartos.

En donde estaba yo, creo que éramos dos, o seis, no sé, porque después se llevaron a algunos.

Cuando ya hubo silencio, y todo pareció calmarse, alguien tomó un megáfono, y nos autorizó a quitarnos las bolsas de arpillera de la cabeza y la cinta que teníamos pegada sobre los párpados. Teníamos que acomodarnos y dormir, que al día siguiente nos trasladaban. Luego dijo algo así como que apagaba la luz, pero en realidad nunca pudimos ver la luz, porque teníamos los ojos vendados y tapados, así que eso estuvo de más. ¿ahora se quería hacer el generoso?

Cuando pude ver un poco, luego de acostumbrar la vista, noté que había una chica conmigo; asustada, contra un rincón. Como no sabía con que podíamos encontrarnos, le hice señas de que haga silencio, y comencé a caminar muy despacio, observando todo. En el techo parecía haber una lamparita, pero accioné la llave y no prendió. Caminé por el cuarto, y pude sentir una hermosa alfombra bajo mis pies, muy suave y refrescante. Caminé hasta la pared por donde entraba un rayo de luz, y abrí las cortinas.

Con estupor pudimos ver que el horror nos invadía. El cuarto era todo vegetación. El suelo, la cama, los muebles. No era alfombra. Todo verde, todo pasto. Las paredes, sobre la cómoda… alguna vez fue un cuarto de algún lujoso hotel… Hoy hasta el empapelado caía enrollado entre enredaderas con pequeñas flores, césped y moho negro, que parecía ser parte de la misma vegetación. Hasta había una tv, y por las perillas de encendido afloraba una “no me olvides”.

La única cama que había era un jardín florido, con gusanos y hormigas, y bajo nuestros pies algunos caracoles, lombrices y arañitas que se atravesaban. Nos miramos con resignación. Cuando sentimos que no había nada más grave que pudiera pasarnos, miramos por la ventana y descubrimos que lo que era la ciudad, ahora era todo vegetación, sin edificios, sin torres, sin autos, sin ciudad. Todo había desaparecido.

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