Las ventanas siguen cerradas, y las cortinas están
anudadas en medio, como si la abuela hubiera estado a punto de barrer. Desde la
cocina se oye el extractor sonando a lata suelta, quizá, sacando los olores que
pudieran haber quedado. Llegó Flavio, que se asomó, apenas apoyándose, en el
marco amarillento de la puerta. Las puertas del encimero estaban abiertas, y
debajo había un pequeño charquito rojo. Desde la mesada, un hilo de sangre
coagulada delataba donde ocurrió el siniestro fatal.
Él estaba desconcertado. Varias veces caminó de un lado
al otro… esperando… Luego se sentaba. Con el correr de las horas se fue
acomodando sobre el mullido sillón del living, como esperando algo, o a alguien.
Encendiendo un cigarrillo tras otro. Dejando las colillas en fila, al borde de
la mesa ratona de la abuela Clemen, como esperando que aparezca y lo rete. ¡A
propósito! Pero parece que no sabe que ayer se murió. …O sabe, y espera que no
sea cierto. O vino a buscarla, pero llegó tarde. No pudo verla cuando el tío
Eduardo la consolaba. Yo si lo vi. El tío Eduardo estaba con otras personas.
Todos vestidos iguales, de blanco. Yo no me dejé ver. No quiero que sepan que
estoy aquí. No me gustan los grandes. Me tocan el pelo, me quiere abrazar, me
hablan al oído cosas que no entiendo.
***
Uy… me quedé dormido… por un momento me pareció sentir
que mamá estaba al lado mío…
Pero ¿Y Flavio sigue aquí? ¡No sé por qué no se va! Aquí,
oculto detrás del piano, me siento todo entumecido. No aguanto las ganas de
hacer pis, y él ni siquiera bosteza. ¿No entiende que este ya no es su lugar?
¡Que nada hay para hacer, que la abuela ya se murió…! y se fue… y no está… y me
hago encima…
¿Tres días así? ¿Por qué hay que esperar tres días? Yo
necesito moverme, debo seguir viviendo. El jueves tengo examen de matemáticas. Necesito
que Flavio se vaya. Él ya no vive acá. Una vez ya se fue, y todos lloramos,
pero ¿Por qué volver? ¿Justo ahora que ya no hay más nadie?
Si, debo dejar de ser tan molesto con mis preguntas,
siempre me dijo eso la abuela… ¡La abuela!
Ella era muy devota de los santos. Siempre decía que
después de la muerte de sus hijos, no le quedaba otra que creer que, para algo
Dios la dejaba en la tierra. Para cuidar al último retoño. Yo. ¿Y ahora? Hacía
tiempo que estábamos solos. Ella nunca más nombró a Flavio. Tal vez él lo sabe,
por eso espera sentado allí, como si ella fuera a volver.
Parece que se durmió. Creo que voy a ir al baño y ya no
me importa si me ve. ¿Qué me va a hacer? ¿Asustarme? Yo lo voy a asustar a él
en todo caso, pero no; mejor no.
***
¡Por
fin pude ir al baño! ¡Ya no aguataba más!
¿Y
esas voces? ¿Quién vino ahora? ¡Que pesados son! ¡No quiero ver a nadie! Voy a
quedarme viendo desde aquí…
Con
la puerta abierta, y la cortina de la ducha un poco plegada, zafo y no me ven.
¿Quién son?
¡Javier!
¡Vino Javier!... ¿Cómo puede estar caminando si él nunca…?
¡Y lleva puesta la ropa de su equipo favorito!... a ver…
¡y hasta tiene barro en los tapones! ¡qué bueno! ¡Ya puede jugar a la pelota…!
y… ¿ese no es papá? ¿acaso está discutiendo con Flavio?
¡Cuándo no! ¿alguna vez podrán hablar sin discutir?
¿Quién está en la cocina? ¡Mamá! Y ¿lleva en sus brazos
a… la abuela Clemen? ¡Pobre, no para de llorar…! Y toda esa sangre que le
chorrea de su cabeza…
¿Qué hacen? ¿se van? ¡Ahora salgo, aquí estoy, escondido
en el baño!...
Yo no entiendo porque nunca salen por la puerta, ¿Cómo
hacen a pasar por las paredes? ¡Y la abuela aprendió también!
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