Ella busca un gran amor. Sin
dolor. Sin temor. Ama trotar en la plaza
y sentir el viento en su cara. Él procura ya no estar más solo. Sin angustias.
Sin reclamos. Pasa las tardes en la mesa de un café.
Sus miradas se topan sobre
la cebra, bajo un semáforo en verde. Se sonríen. Se sorprenden. Se intimidan.
Ella lo ve tan imponente, tan hombre; que enmudece. Huele su camisa. Sujeta su
brazo mirando sus ojos. Él la observa, tan bella y tan joven que se acobarda.
Admira sus ojos. Su piel. Su pelo. Y casi sin quererlo, encuentran la excusa.
La gente. El sol. La tarde…Los truenos.
Ella lo invita a salir. Él se cohíbe, pero acude al encuentro. Palermo,
Retiro o Boedo y Lujan. Streaming, series. futbol, o boxeo. Los libros. Los
cinco sentidos. Ella habla de Wos... Él menciona a Cordera... Un breve
cortocircuito los silencia.
El paso de las horas. Los
colectivos. El murmullo de la gente que pasa. Los truenos que comienzan a
aparecer. Él la invita un café. Ella prefiere un té de rosas. Sus miradas se
cruzan. Sus rodillas se chocan. Sus dedos se rozan. Ella aprieta su mano, y él
se siente abrumado. Hablan de la luz. De la vida después de la vida. De la vida
después de la muerte. ¿Aborto o vida? …Ella desnuda su corazón. Él la ve tan
pequeñita, tan frágil que quiere abrazarla. Ella acaricia su mano. Él tiembla.
Ella busca su mirada. Él se sabe perdido si la mira a los ojos. Ella se pone de
pie, con paso firme. Decidida. Él no quiere perderla. El miedo se apodera de su
cordura. No se siente a su altura. Teme la burla. Ella, seductora, camina
sonriendo. Él, idiotizado, la sigue. Cruzan a la vereda de los lapachos. Ella
intenta no pisar esas flores que han caído. Él parece no verlas y arrasa con
todas. Ella intenta señalarlas, pero al verlo nuevamente se enamora y le
perdona todo. Él, despreocupado, camina a su lado con su cabello plata,
alborotado. Ella conoce todo, él apenas llega, y no conoce nada. Ella lo lleva
a la costa, le muestra la playa. Él la mira tan libre. Tan pura. Tan sana. Como
si el tiempo no le pasara; y como si no le pasara nada. Ella corre un paso
adelante, él la observa tan grácil, tan atractiva. Ella lo llama por su nombre.
Él siente que se desarma en sus labios.
Ella pide que corra hacia sus brazos. Él piensa en sus años. Increíble
diablura del destino. Increíble sueño que se parece a una realidad que no es la
suya. Ajena. Como todo lo que sucede en esa tarde que no debiera terminar
nunca. Hechizado. La observa bailar al borde del río. Y la lluvia torrencial
los sorprende, pegando las prendas a sus cuerpos, mientras el viento arrebatado
juega con ellos. Y juntos corren sin rumbo. Y ella quiere bailar. Él ya quiere
dormir. Llegan a un zaguán. Una pequeña posada. Ella lo besa apasionada, él se
ruboriza avergonzado. Ella estira su mano y lo lleva hacia adentro. El intenta
detenerla, pero sus piernas la siguen. Toman un cuarto. Ella lo besa. Lo toca.
Se entrega, angelical. Él se estremece sintiéndose un demonio. Ella se agita,
él la penetra. Ella grita, pero él ya termina. Ella quiere más, él ya está
cansado. Ella se atormenta, él cae en un letargo.
¡Ella se arrepiente! ¡Él la
sueña! Ella despierta, él le trae unas flores. Ella quiere irse. Él le ofrece
la vida. Ella duda en quedarse, él no quiere perderla. Ella se siente aturdida,
él cree haber vuelto a la vida. Él llora. Ella se siente morir.
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