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Manon

 


Apareció nuevamente en mi vida luego de 30 y tantos años. Sinceramente sólo recordaba su nombre, “Zulma”; y era una más en mis recuerdos. No sabía que había dejado una huella tan importante en su vida, ya que, para mí, yo, había pasado desapercibida; o por lo menos siempre traté de que así fuera. Nunca me gustó sobresalir ni... ni mostrarme, ya que me consideraba diferente al resto. Ya sea porque estaban en cada momento mostrando sus virtudes, o su escala social; o vivían en plena competencia para saber cuál padre era más rico, o quien sacaba la nota más alta, o a quien quería más la señorita. Y en esa época la diferencia se notaba. Las maestras, hacían diferencia. 

Ahora caigo en la cuenta de que yo tenía otras preocupaciones, aunque casi me habían convencido de que era rara. En casa, mamá se estaba muriendo y yo no podía hacer nada. ¿eso iba a contarles? No era algo lindo, no entraba en la competencia. Tal vez, por estas realidades que me tocaron vivir, siempre me sentí ajena. Otra persona. No la nena adecuada para estar en esos grupos de gente. La vida era algo que solo le pasaba a los demás. Yo solo debía seguir adelante con lo que me tocaba.

Por suerte con los años comprendí que no yo no era “la rara” por no ser como ellas. No me gustaba ver como actuaban, y mi sano juicio me indicaba que “no era ahí”.  La adolescencia me lo confirmó. Cuando tuve algún noviecito, algunas de ellas se encargaban de hacerles un test de calidad; de probar sus aptitudes, para saber si se perdían algo bueno… Por suerte solo lastimaban mi orgullo, no pudieron corromper mi integridad. Recuerdo graciosamente cuando me preguntaron si era virgen, y me reí, negando. Les respondí que, obviamente, la virgen estaba en el cielo. O sea, ...si para ellas era una tarada, lo confirmaban allí. 

Años más tarde, las redes sociales me las devolvieron. Con placer comprobé que no estaba equivocada. Hasta el día de hoy miden sus logros, a ver quién es mejor o más poderosa. Ahora se roban los maridos, y creo que es peor. Antes me causaban una sensación rara, ahora sé que es una gran pena.

Volviendo a lo importante, lo más sano que me pasó fue encontrarme de nuevo a Zulma. En una oportunidad, en una de las redes sociales me saludó. Reconocí su nombre; y me apresuré a ver la foto. ¡Y si, era ella!, más grande claro, pero era ella. ¡Me causó alegría! Leer sus palabras me llenaron de satisfacción. Me recordó cuando llegó por primera vez al salón y nadie le daba un asiento. No se si la miré, le hice un gesto, o una seña, el tema es que pasó a ser mi compañera de banco. Según me cuenta hoy, yo la traté muy bien, y fue muy generosa. Le prestaba mis útiles y en el recreo le convidaba las “galletitas Manon”. Fue un placer volver a encontrarla y descubrir después de tantos años que no me equivoqué. Con las personas con las que no me tenía que juntar, tuve buen ojo. No eran las correctas. A la persona a la que le di mi mano y pude ayudar sin darme cuenta, hoy me devuelve la alegría de comprobar que yo no era rara, solo era selectiva, y con buen ojo. Además, ahora compruebo que es tan buena persona como lo debo haber presentido años atrás.  Lo que si, me da pena ser tan desagradecida de no haberla valorado lo suficiente como para tenerla más presente, para retener en mi mente esos momentos, que son los que ella me relata como su recuerdo tan preciado. Ni loca le digo que no me acuerdo de ella, no quisiera lastimarla. Ella me devolvió la tranquilidad de saber que yo no era “la rara”.

Me hace muy feliz saber que una actitud mía fue muy importante para ella, y como dice que “es un recuerdo imborrable”. Ahora si me acuerdo de ella, cada vez que como una galletita Manon.

 

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