Subir el fuego, cuando él le cocinaba la leche a los gatos,
estuvo mal. Lo sé. Echar al gato afuera, porque estaba sobre la radio, también.
Pero… él le permitía a ese gato roñoso dormir encima; y cuando
yo la encendía, largaba un olor horrible a pelo de gato quemado...
Todo esto, resultaba de pelear para ver quién usaba la radio,
primero; y solo por quince minutos; porque yo amaba escuchar a ese locutor, pero
se me hacía tarde para llegar a la escuela. En cambio, él, al despertar,
necesitaba escuchar la radio para saber cuál había sido el resultado del torneo
de bochas de la unión vecinal. ¡No había otra cosa que le importara! o sí.
Escuchar tangos exorcizados por la interferencia de radio “Metalik 24”; donde
Fresedo, en dupla con Ozzy no sonaban nada bien. Por más que quise arreglar la
antena, no hubo forma de que me dejé probar.
Ya estábamos discutiendo demasiado. Me fui enojada, sin tomar la
leche. Cerré de un portazo, justo cuando le oí decir, con la voz un poco
quebrada:
-
Deja entrar al gato. – pero…
salí apurada, y, además, me hice la tonta.
Al pasar por el almacén de Nella, miré la hora en el reloj de
agujas gigantes con dos patitos, y empecé a correr, haciendo volar las
piedritas del macadam. Sabía que el 707 siempre tarda, y no podía tener ni
media falta más. Por suerte tenía el abono de tren, y si me apuraba, podría llegar
antes que pase la celadora. Aunque sea una sola estación de tan solo diez
cuadras, debía llegar a ese tren.
Cuando llegué al andén, la cola para comprar el boleto, parecía
interminable; y me acordé del abuelo que siempre dice:
-
“Los lunes hay más gente en
la estación, porque van a buscar trabajo” - Yo siempre recuerdo que está en lo
cierto, los días jueves, porque la estación está vacía. Pero hoy era un lunes,
muy lunes.
De pronto, escuchar el silbato del guarda me hizo correr. Me
subí en el último vagón. Caminé tratando de no tropezar, en medio de bolsos y
mochilas. Estaba lleno de hombres dormidos en sus asientos, y miles de mujeres
de pie, sosteniéndose con las piernas entreabiertas, jugando con el equilibrio
para no caerse. ¡Justo que yo venía de torcerme el tobillo, jugando básquet en
la unión vecinal, y encima la corrida que me pegué para llegar…!
Aunque estaba lleno, me acomodé lejos de la puerta, justo en el
lugar que un señor dejaba. Me escurrí hasta tener un espacio firme donde poder
apoyarme. Quedé ahí. Entre las bolsas de cebollas de un señor con sombrero de
paja, que me enganchaba el pelo cuando miraba hacia atrás, y la señora que
viajaba con dos chiquitos que no la dejaban dormir y le revisaban su monedero,
quitándole caramelos.
-
“¿Caramelos a la mañana?”
-diría el abuelo.
Traté de distraerme mirando la gente, pero no podía dejar de
pensar …La verdad es que traté mal al abuelo hoy. ¡Estoy loca! No debería
haberme ido así. Y menos, habiendo escuchado que las llaves cayeron debajo de
la cómoda marrón, golpeando la pelela que el abuelo guarda debajo, cuando no
llega al baño, después de pasarse horas tomando fresco en la puerta.
¡No las va a encontrar!... y lo que es peor, no va a poder ir a
jugar a las bochas. …Y bueno; …una vez que no salga, no pasa nada. Todos los
viejitos de su edad, están adentro. No salen.
Alcé la vista y vi una señora, más o menos de su edad. Llevaba unos
enormes aros dorados, sus labios pintados de rojo sangre… y un pañuelo de raso
en el cuello; y pensé
-
¿Acaso tendrá una novia en
la unión vecinal? Creo que debería prestar más atención y vigilarlo, cuando yo vaya
a practicar básquet.
El tren se detuvo mucho antes de llegar a la estación de destino.
Por el parlante del andén, se escuchaba que decían algo, pero no se entendía. Todos
se abarrotaban en la puerta y se bajaban corriendo, con los ojos exorbitados, y
me acordé que el abuelo siempre dice:
-
“A río revuelto, sujetá la mochila”
– yo no sé quién querría quedarse con mi manual de “Formación Cívica” de
Roberto Kechichian; pero no podía quedarme a resolverlo. Peor era rendir en
marzo.
Agarré bien fuerte mi mochila, y arremetí contra la multitud. El
del parlante seguía a los gritos. Todos protestaban, caminando entre las
piedras y los durmientes, hasta llegar a la barrera. El tren había quedado
vacío y minutos después, volvía hacia atrás. En un asiento había un señor
dormido, pero en el medio de la vía, no supe a quién avisarle.
Al llegar al cruce, vi sobre las vías una autobomba, que no
podían poner en marcha. La gente gritaba desesperada, diciendo que estaban
yendo a socorrer a un siniestro en el barrio del macadam. Y pensé:
-
Pobre abuelo, ¡debe estar
buscando la llave!
De pronto pasó un gato al lado mío, refregándome su cola por las
medias tres cuartos; y un sudor frio corrió por mi cuerpo. Desesperada, rogando
que no sea en casa del abuelo, volé a la parada. Los pies no me alcanzaban,
estaba agitada pero no pensaba detenerme. Llegué, y por suerte justo venía el
colectivo. Subí desesperada, y mirando por el parabrisas. Sin darme cuenta, dejé
caer las monedas que me daba de vuelto el chofer. Poco me importó. Las lágrimas
me nublaban los ojos. Empecé a angustiarme.
¡Pobre abuelo!, morir así, ¡encerrado, por mi culpa!...
El chofer debe haber notado mi impaciencia y mi llanto
-
¿Nena estas bien? ¿te pasó
algo? – me dijo.
Yo negué con la cabeza haciéndole gestos que se apure, sin dejar
de mirar por el parabrisas. Aceleró un poco, y comenzó a esquivar autos. Parece
que él pensaba lo mismo que yo. ¡Que seguro se incendió la casa donde vivo!
¡Ya se! el abuelo, buscaba al gato, ¡que dejé afuera
intencionalmente…!; cuando la leche se derramó. El fuego se propagó… y… ¡No!, ¡no
quiero pensar más!
Me mordía las uñas. No dejaba de culparme. ¿Se habrá quemado …queriendo
apagar el fuego?; ¿o mientras buscaba la llave, agachándose debajo de cada
mueble? ¡Seguro la garrafa quedó perdiendo, y todo habrá volado por los aires!
Estiré mi cuello, por la ventanilla, para ver si había humo todavía,
y un patrullero pasó raudamente en dirección a la casa del abuelo. - Yo soy la
culpable, de la muerte del abuelo, ¡y todo por escuchar la radio! – me dije.
Mis lágrimas corrían por mi rostro y todos me miraban de pies a
cabeza. Yo, acercándome a la puerta para bajar, gritando y llena de lágrimas les
digo:
-
¡Dejen que sus abuelos
escuchen la radio que quieran!
Y me baje corriendo, cuando el colectivo aún no terminaba de
frenar. Seguro que ni me entendieron. Yo estaba muy desesperada, y me sentía
más culpable que nunca por no dejarlo de joder. Siempre con mis caprichos.
Llegué rengueando.
Había varias personas en la puerta. La casa de afuera parecía
estar bien. Igual. Llorando y a los gritos, los empujé para poder entrar.
…Cuando voy a abrir la puerta, sale el abuelo, y deja salir a dos
bomberos, con una gran escalera. Él acaricia a su gato mientras deja caer unas
lágrimas sobre el pelaje del animal. Enseguida lo seca con la manga de su
camiseta. Me mira. Sin poder pronunciar palabra, eleva la mirada hacia la copa
del gigantesco árbol que asoma a un lado del portón. Haciendo puchero, eleva el
gato, tratando de explicarme que no se podía bajar del paraíso. Nos abrazamos.
Me sentí mal de no recordar ninguna de sus frases, que dijera algo
al respecto. Como para aflojar con alguna broma.
Me miró, y secándose una lágrima me dijo:
-
¿querés la leche? Está
caliente todavía.
-
Si, déjame sostener al gato.
– le dije. Y entramos.
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