En
un autobús quien sabe a dónde,
Me
subí aquella tarde, sin testigos.
Bebí
de aquel brebaje que mi amigo
Sin
temor, me dio por buen abrigo,
Y
sabiendo que no era de confianza,
Lo
clavé en mi garganta, por bonanza.
Más
tarde, pisando tierra roja
Me
vi hecho un vestigio, y con harapos,
muy
grande fue mi asombro en tal terreno,
con
instrucciones de no irme, de ese suelo,
no
dudé en buscar un camarada,
que
me sane de mi mente obnubilada.
Y
en el lomo de un burro sin destino,
Fui
marchando bajo el sol que me abrazaba,
Muchas
noches y sus soles me quemaban,
Más
yo seguía, sin dudar, y sin rumbo fijo,
Y
me dejaba arrastrar por la esperanza
de
encontrarme una respuesta en el camino.
Al
llegar, vi que el cielo estaba lejos,
Y
que mi entorno era pobre y maloliente,
Un
tipejo molestaba a unas gentes,
Y
unos niños peleaban por hollejos,
Una
choza polvorienta y sin cuidado,
Albergaba
a enfermos cochambrosos,
Unas
mantas en el suelo, con forrajes,
y
las hierbas con brebajes de algún brujo,
Mas
yo debía quitar el embrujo,
que
lograron conseguir en otras tierras,
Sin
tener más que mis trapos y mi burro,
Lamenté
no tener fe, ni una plegaria,
Para
ayudar a esta gente solitaria.
Mas
cuando todo parecía terminar,
El
rugido de un león embravecido,
se
hizo eco, perpetrando mis oídos,
y
logró traerme al fin de tales sueños,
cuando
de pronto mis ojos pude abrir,
vi
las manos de mi hijo que me hablaban
acariciando
suavemente la cara,
diciéndome,
papá, te has dormido.
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