Cada verano, así haya estudiado o
no, me mandaban de castigo a Pinamar… Si, así como lo lees. De “castigo”. Yo, de verdad quería quedarme
en casa; porque así tenía más posibilidades de estar con mis amigos, y salir a
algún lado. No sé, ir a la pileta o a tomar mate a la panamericana, mientras
los varones jugaban a la pelota. Lo gracioso, es que algunas de mis amigas me
decían - ¿a Pinamar? - …lo que no sabían era que yo en realidad iba a casa de
mi hermana. No iba a salir y divertirme, solo iba a estudiar, porque me
mandaban los 3 meses si, pero solo con los libros….
Ese año era especial. Me había
llevado todas las materias. No cinco, o seis. Todas. Harta estaba del colegio
de monjas. No pregunten… Así que bueno. Calladita, bolsito, y a subir al Antón.
Y como cada año, llegar y ver la cara de mi hermana diciendo - ¿Qué haces acá?...
6am…
Imagino que enseguida lo llamaba a
papá y lo puteaba un poco, no sé. Nunca me enteré.
Lo
copado de estar en la playa, cuando podía escabullirme era que, al no tener
noción de peligro, jugaba con las aguas vivas mientras me marcaban las piernas
con sus tentáculos. Me encantaba su
transparencia. Me parecían hermosas.
Recuerdo que una vez habíamos ido
con Vani, ella era chiquita, y llevaba su balde y su palita. Las dos solitas
caminando por Bunge hasta la playa. Y ella, tan feliz, contaba sobre los
castillos que pensaba hacer con su balde, mientras estuviéramos allí. Ese día
fue memorable, pero no por eso. Perdón Vani. Ese día, misteriosamente me quede
sentada en la arena, escuchando como unos chicos tocaban la guitarra y
cantaban.
Me encantó porque yo conocía todas
las canciones. Así que cantaba a los gritos, y ellos me miraban y se reían… Los
empecé a mirar bien, porque no entendía si se reían de mí, o conmigo. Todos con
pelo largo. Uno era muy alto y flaco, de cabello con rulitos, por debajo de los
hombros. Otro con anteojos, bajito y con el pelito ondulado. Otro parecía que
tenía el pelo afro, y una gran melena, y el último fue el que me hizo quedar
congelada. Además de su pelo largo tenía un bigote de dos colores. - ¡Guau! -
Me dije. – de algún lado lo conozco. Y me pare para saludarlo…
Misteriosamente se levantó y empezó
a correr con las zapatillas en la mano. Me acuerdo que él llevaba un jardinero
de jean y una remera rallada.
Vani justo había juntado sus cosas,
así que nos disponíamos a volver. Y no sé porque, la tome de la manito y
corrimos detrás de él. Más o menos dos
cuadras… Sí, porque en los 20 primeros pasos, cuando él se dio vuelta para ver
si lo seguía, descubrí que conocía ese rostro… Era el tipo que estaba en la
tapa de “La Grasa de las Capitales…” Si, era Charly García.
Claro que en un momento se cansó de
correr y se metió hacia adentro del bosque. En esa época Pinamar era un
verdadero lugar de descanso, no como es ahora. Y era más probable encontrar
médano y pinos, que edificios. El tema es que cuando se metió por ahí, a mí ya
me pinchaban los pies las espinas y pinochas, así que desistí. La pobre Vani,
venía detrás como barrilete.
Sinceramente, no sé porque lo
corrí. A mí no me gustaba Charly García… pero el corrió, y pensé que podía
darme un autógrafo, y así demostrar que estaba bueno venir a Pinamar. Con los
años me di cuenta que era paranoico, porque yo, con 14 años, y Vani con 5… ¿Qué
podíamos hacer?
Lo gracioso fue al volver a clases;
ya que no había tocado un solo libro.
Creo que correr detrás de Charly me
cambió un poco. Ese verano comencé a ser más rebelde.
Si. En cuanto volví a Buenos Aires,
estudié todas las materias en 15 días… Aprobé todo.
Nadie me creyó que jamás toque un
libro, que solo estudie unos días antes, y menos que había estado corriendo por
la Bunge nada más ni nada menos, que, con Charly García, que según me cuentan,
en ese momento era el furor.
Solo la verdad la sabemos Vani, y
yo. ¡Pobre!, ¡Como la hice correr!
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