Ir al contenido principal

¡Abrazados a Manuel!


 No recuerdo si éramos diez o quince… o tal vez más.  

Cada uno de alguna parte cercana al barrio. Boulogne, Villa Adelina, Suárez, San Isidro, Carapachay… en fin. Cada noche, después de la oficina, era cita obligada encontrarnos en algún hotel o recinto de capital, para presenciar alguna reunión o seminario.

Allí nos encontrábamos todos a las siete y media, algunos llegábamos a las ocho, porque las algunas oficinas cerraban tarde…

¿Reuniones sobre qué? Se supone que “reuniones de trabajo”. Con un señor al frente de una muchedumbre, que nos hablaba sobre la meta de ser líderes. Sobre conquistar a través de la empatía a nuestros futuros clientes… Y un producto que debíamos vender, y para el cual nos aleccionaban hasta en el tipo de preguntas que debíamos hacer, y a quien sonreír al plantear el tema. Un producto con el que debíamos expresar de cuerpo entero, como nos había cambiado la vida… Y en realidad era un producto simple, un tipo de obra social, con una cuota mensual; en donde invitábamos a nuestros amigos y conocidos, para que participen. Pagando una cuota, claro está. Y por cada uno de ellos, que ingresaba invitado por nosotros, se nos entregaba un porcentaje de ganancia.

Obviamente, al ser tan jóvenes, inexpertos, pleno año ochenta y tres… era fácil creer que nos íbamos a comer el mundo, y no había nada mejor que eso.

    Con el tiempo nos dimos cuenta que no era algo tan rentable ni tan fabuloso. Esto comenzó a suceder cuando algún tío experimentado llegaba y nos decía… “ah, con el sistema piramidal. ¿Qué vendes, enceradoras o detergente?” Y nosotros no nos reíamos, porque lo tomábamos enserio. Tiempo después supimos que así se comenzaron a vender las enceradoras Electroluz, y los detergentes Bestline. Pero no, nosotros éramos serios. Ofrecíamos una mínima cuota para pertenecer a una obra social con amplia cobertura. 

Esto nos llevó a perder varios amigos, ya que, quienes no comprendieron, con la desconfianza del porteño, enseguida decían que los queríamos estafar. Y provocó que, además, sea la familia la que nos preguntaba “¿en que andan vos y tus amigos?” …Claro, acabábamos de dejar atrás a una dictadura militar con la que el país sufrió muchísimo. Era normal que nuestros padres estén alerta, sobre cuales eran nuestros pasos.

Para nosotros, encontrarnos ahí era fabuloso. Apenas salir de la reunión y nos íbamos al “Tortoni”. ¡Qué buenas noches pasábamos allí!

Recuerdo que apenas llegar tomábamos una cerveza y jugábamos pool. Hacíamos parejas, y nos divertíamos mucho. Después pedíamos pizza o algún sándwich, hasta que comenzaba el show.

Abajo, había una bodega, con un escenario en donde disfrutábamos de bandas de jazz, o alguna de tango, y hasta había parejas que se ponían a bailar.

Para algunos era una genialidad cerrar así la noche antes de volver a casa, para otros, quienes estaban comenzando en una relación amorosa, estar allí no era lo más importante. Entonces se iban por allí, a caminar por Corrientes, o a algún cine de Lavalle. Y ahí surgía el dilema.

Todos debíamos irnos temprano, porque el último tren del Belgrano, salía a las dos de la mañana, y si no, debíamos esperar hasta las cuatro, que venía uno lleno desde Villa Rosa.

Teníamos todo calculado, pero lo más importante era el sitio en donde debíamos encontrarnos para tomar todos, el mismo tren. Entonces decíamos, “¡te espero abrazado a Manuel!

Y ese era nuestro “No lugar”. La estatua de Manuel Belgrano, en la estación Retiro, del Belgrano Norte.

Comentarios