Cada uno
de alguna parte cercana al barrio. Boulogne, Villa Adelina, Suárez, San Isidro,
Carapachay… en fin. Cada noche, después de la oficina, era cita obligada
encontrarnos en algún hotel o recinto de capital, para presenciar alguna
reunión o seminario.
Allí nos
encontrábamos todos a las siete y media, algunos llegábamos a las ocho, porque
las algunas oficinas cerraban tarde…
Obviamente,
al ser tan jóvenes, inexpertos, pleno año ochenta y tres… era fácil creer que
nos íbamos a comer el mundo, y no había nada mejor que eso.
Con el tiempo nos dimos cuenta que no era
algo tan rentable ni tan fabuloso. Esto comenzó a suceder cuando algún tío
experimentado llegaba y nos decía… “ah, con el sistema piramidal. ¿Qué vendes,
enceradoras o detergente?” Y nosotros no nos reíamos, porque lo tomábamos
enserio. Tiempo después supimos que así se comenzaron a vender las enceradoras
Electroluz, y los detergentes Bestline. Pero no, nosotros éramos serios.
Ofrecíamos una mínima cuota para pertenecer a una obra social con amplia
cobertura.
Esto nos
llevó a perder varios amigos, ya que, quienes no comprendieron, con la
desconfianza del porteño, enseguida decían que los queríamos estafar. Y provocó
que, además, sea la familia la que nos preguntaba “¿en que andan vos y tus
amigos?” …Claro, acabábamos de dejar atrás a una dictadura militar con la que
el país sufrió muchísimo. Era normal que nuestros padres estén alerta, sobre
cuales eran nuestros pasos.
Para
nosotros, encontrarnos ahí era fabuloso. Apenas salir de la reunión y nos
íbamos al “Tortoni”. ¡Qué buenas noches pasábamos allí!
Recuerdo
que apenas llegar tomábamos una cerveza y jugábamos pool. Hacíamos parejas, y
nos divertíamos mucho. Después pedíamos pizza o algún sándwich, hasta que
comenzaba el show.
Abajo,
había una bodega, con un escenario en donde disfrutábamos de bandas de jazz, o
alguna de tango, y hasta había parejas que se ponían a bailar.
Para
algunos era una genialidad cerrar así la noche antes de volver a casa, para
otros, quienes estaban comenzando en una relación amorosa, estar allí no era lo
más importante. Entonces se iban por allí, a caminar por Corrientes, o a algún
cine de Lavalle. Y ahí surgía el dilema.
Todos
debíamos irnos temprano, porque el último tren del Belgrano, salía a las dos de
la mañana, y si no, debíamos esperar hasta las cuatro, que venía uno lleno
desde Villa Rosa.
Teníamos
todo calculado, pero lo más importante era el sitio en donde debíamos
encontrarnos para tomar todos, el mismo tren. Entonces decíamos, “¡te espero
abrazado a Manuel!
Y ese era
nuestro “No lugar”. La estatua de Manuel Belgrano, en la estación Retiro, del
Belgrano Norte.
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