Entre médicos y enfermeras, entre un
hospital y otro, se podría decir que fue una cama, pero en realidad fueron varias,
…Quizá debería haber entendido el mensaje, quizá me quisieron avisar que ya se
iba… y no lo quise ver.
Y
así la recuerdo, en una cama, llorando de dolor, cubriéndose el rostro para que
no la viera, y yo tan pequeñita, tan frágil y ausente de toda realidad; no
sabía que pasaba, pero me sentía morir con ella…
Un
día se fue, y donde estaba su cama pusieron un cajón con su cuerpo, pero ella
no estaba ahí.
Me
costó mucho poder volver a dormir en mi cama, sin el beso de las buenas noches
de mamá.
Otra
cama…
No sé cuántos éramos, ni en que cama dormía
yo, pero me acuerdo que, en casa, había una cama que me encantaba. En medio de
la cocina, empotrada en una pared, mi papá había hecho un mueble sin manijas,
ni cajones. Este se abría, para que una cama de desenrolle, y quede extendida ocupando
todo el comedor. Tenía resortes, y jugábamos saltando toda la tarde, hasta que
alguno se lastimaba y corríamos a escondernos para no recibir castigo.
En
pleno invierno, venía “el colchonero”, a cardar la lana del colchón, para que
dure unos años más. Allí conocí la palabra “Cotín”, que me hacía mucha gracia.
Tiempo después, me fui, a donde pudieran
“cuidarme”. En una cama, junto a otras veinticinco, pensé que me habían
apuñalado por levantarme en un mar de sangre. Tenía unos doce años… y la suerte
de encontrar a alguien como yo, pero con más calle y más dolores, o más golpes;
quien tuvo la caridad de explicarme, que así sería cada mes… desde esta vez.
Al crecer, volví, pero mi propia cama ya no
estaba. En su lugar estaba otra persona, la hija de una señora que pretendía
que la llame mamá…
Busqué
algún sitio, donde no sentir tanta desolación. Vagué hasta conseguir la cama
propia. Tuve camas prestadas. Por compasión, por pena, por ser la más chica,
por no tener mamá, siempre con un gesto de resignación o de lástima, de casa en
casa, rodando y andando, en camas, sillones, colchones… tuve suerte; siempre
había una cama para mí.
Creo que eso fue forjándome el coraje, para
salir por la vida, a conseguir un sustento. De allí que pude lograr mi propio
espacio, mi propia cama… En un cuarto de una pensión, en donde tocaba ambas
paredes con solo estirar los brazos…
Recuerdo
la primera noche, la soledad, el frío, lo desconocido… y una terrible araña que
caminaba hacia mí por esa frazada verde militar, dura como piedra. Grité,
corrí, sufrí, hasta que pude con ella, más no con el sueño, que tardó en llegar…
Con los años llegó la cama del amor, de las caricias
y abrazos, donde hasta las lágrimas eran de felicidad…
Años
más tarde, armé camas para mis niños, hice mantas de amor, con suaves sábanas
de cariño, donde poco a poco armé mi hogar.
Hoy
son los nietos, que corren, saltan y juegan por arriba de las camas.
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