Cuando voy a escribir un
cuento, o un relato, busco en mi mente, un lugar que me evoque cosas. Y cuando
digo “cosas”, me refiero a eso que no siempre tiene forma: las emociones, situaciones,
recuerdos, detalles mínimos que hacen vibrar algo en mí.
Cierro
los ojos e intento viajar, internarme en ese mundo aún no explorado.
Recuerdo sitios en los que he vivido, o por los que tal vez solo pasé, pero que
me gestaron algo. Imagino otros espacios. Comparo. Agrego o quito elementos
puntuales que alimentan o despojan el ambiente que voy creando en mi mente,
para empezar a andar por esos lugares que serán historia. Intento reconocer el
área como si caminara por ahí, como si lo sintiera bajo mis pies o al alcance
de mis manos.
Tal
vez el lugar elegido no logre ocupar toda esa intención que me propongo: la de
darle forma, emoción, o de llenarlo con las situaciones que lo conformen como
parte de las emociones que allí deben habitar a través de la trama.
La
decoración irá moldeándose según decida. La ubicación, el clima, los materiales
y texturas, los colores... la luz y el sonido: todo deberá acompañar con la
armonía precisa el ambiente que se pretende. Todo, para crear ese mundo
completamente sensorial.
Intento
impregnarle, además, la fuerza de cada uno de los personajes, con todos sus
logros, sus sueños, y también con sus derrotas y frustraciones.
Los invito a deambular por
esos suelos… el lugar que los sostiene, el espacio que los contiene.
Y
justamente es para ellos, para los personajes, que voy creando ese pequeño e
inmenso mundo.
Un mundo que ocuparán con su propia energía: la que les genere el espacio, la
que surja en la interacción.
Hilos de vida sometidos a
emociones profundas, donde son ellos quienes encarnan la historia en cuerpo y
alma, para que la trama se vuelva experiencia, y el relato respire.
Desde
que crucen la puerta e ingresen en las vicisitudes y la incertidumbre que el
guionista haya vertido en sus roles, será para ellos un mundo de supervivencia,
donde tienen todo por perder, y todo por ganar.
Sentirán que algo silencioso pero presente los envuelve. La vida, esa que
deberán sostener y defender a cada paso.
Pretendo
que, más allá de la estructura de la obra, los momentos sean mágicos. Que todo
encaje con la precisión del destino, y que lo que ocurra allí se sienta
verdadero, inevitable, profundo.
Como si cada escena no pudiera haber sido de otra manera.
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