Habían pasado muchos años desde la última vez en que Laura y Enrique se vieron...
Se
encontraron en las redes y entre recuerdos y risas, sin darse cuenta, surgió
entre ellos una relación laboral y virtual, que los mantenía en contacto a
diario. Hablar por teléfono varias veces al día, o hacerse consultas vía mail, se fue tornando
algo habitual. Siempre surgía alguna cuestión laboral que resolvían sin que
existan diferencias.
Desde el
principio, la confianza fue mutua. Tenían casi los mismos gustos; y a fin de
cuentas, era como que se habían criado juntos, hasta se podría decir que se
conocían de chicos. Juntos recordaban situaciones familiares en común, fiestas,
encuentros, y en todas las fotos, estaban los dos. Existía entre ambos la
confianza suficiente como para hablar de todo, tanto, que un día él se atrevió,
y le dijo:
-
En mi cel,
te tengo agendada como “proveedor del interior”… porque “mi jermu”, la de
ahora, es muy hincha pelota.
Laura comenzó
a reírse. No podía entender porque Enrique debería esconderse, si la relación
entre ellos dos, había sido algo muy inocente; cuando apenas tenían 14 años. Ya habían pasado
algo más de veinte, los suficientes para que no quede nada más que lindos
recuerdos.
De pronto
ella le preguntó
-
¿Cuál es tu
mujer? ¿la mina por la que me dejaste? – y se rió tapándose los labios… sintió
que, a pesar de los años, estaba pasándole factura.
-
¿Pero cómo?
¿vos sabías que yo estaba saliendo con ella? ¿Con la Tana?...- Se hizo un silencio entre ambos, hasta que
Enrique prosiguió – emmm… con ella tuve un hijo, ¡pero me separé hace años! – remarcó
apresurado.
-
Todo el
mundo sabía que andabas con ella. Yo era la única idiota que me di cuenta
después… - y se rió.
Enrique no entendió que para Laura,
él, y todo lo que hubiera pasado entre ellos, era eso. Solo pasado. Fue en ese
momento, en que él apostó a más; y comenzó de pronto a enviarle fotos de un
ovejero precioso, un perro que él tenía desde cachorro; y se rieron ambos, por
que coincidieron hasta en eso. Ella le mostró fotos del suyo, también un
ovejero. Sonriendo Enrique le dijo - Si
no le tenés miedo, entonces, me quedo tranquilo. ¡Un pasito más cerca! – pero
Laura no entendió. Después él comentó
que había empezado abogacía, y tuvo que dejar, y surgió allí una nueva
coincidencia, por la que volvieron a reír. Entonces allí el re relajó un poco
más en la charla, y le pasó una foto de su hijo.
-
Se parece a
mí ¿no? –
Laura se quedó muda.
No se parecían en nada, pero él, orgulloso de
su hijo, esperaba una felicitación por el parecido. Ella, que nunca supo
mentir, pensó en decirle que en realidad
no le veía nada igual… y hasta se le ocurrió hacerle una broma, pero se detuvo,
lo pensó mejor. Después de tanto tiempo ¿Qué necesidad tenía de romperle el
corazón, y hasta hacerlo dudar? Por más
que él necesitara que ella mintiera, Laura no lo haría; así que lo resolvió
fácil
-
¡Qué facha
tiene! - le dijo Laura
Enrique, en
tono sonriente, y algo exaltado soltó un
-
¿Cuándo
viajas para acá? ¡Quiero verte!
Ella se
sintió incómoda. Notaba que, a medida que hablaban, era un escalón más. Cada
conversación era la oportunidad que él tomaba, para tirar alguna indirecta.
Ella tenía claro, que las redes
sociales ya eran un gran escaparate, en donde, como hoy; uno muestra lo lindo,
lo bonito…, los logros, los triunfos… y obviamente, porque el protocolo de
internet lo propone implícitamente, oculta
los tropiezos de la vida real, porque para eso son las redes, para mostrarse.
Una gran vidriera. Y Laura estaba molesta, porque al parecer, Enrique no se
había enterado de esto, y muy sutilmente sugería que le encantaba verla así, “tan
jovial, tan divertida”, “como en las fotos”…
Habían
pasado muchos años. Demasiados. Y la vida les había transcurrido a ambos. No eran esas fotos con filtros, esas poses, y
esas grandes sonrisas entre amigos…
Ya tenían
cada uno su familia, hijos, y muchas fotos para llenar más de un álbum cada
uno, con los propios recuerdos. Ya no daba lo mismo verse o encontrarse, y… Laura,
cuando volvieron a hablar, creyó
que para él sería de la misma manera, tan solo un lindo recuerdo... Tenía muy claro que ya no había más nada. Eso
pensó, hasta que él le dijo:
-
Fuiste el
amor de mi vida.
De manera
impensada, Laura comenzó a reír por dentro, y pensó “¿Qué?”. Estaba atónita. No
entendía… Y con más razón, ¿qué objetivo
tendría un encuentro después de esto? ¿¡Tantos años después!? ¿Qué más podían
hablar, más que pasar revista, nuevamente, a los recuerdos adolescentes como lo
venían haciendo en cada chat o en cada llamada? Ella no encontraba las palabras
adecuadas para mostrar su contrariedad. Laura, que suele ser muy dura cuando
algo la sobrepasa, sentía que no lo quería
lastimar. Pero la conversación continuaba con la extensa verborragia que
siempre lo caracterizó. Y él profundizaba, dándole un giro en el que ella no
pensaba, ni quería meterse. Pero, por cortesía, no podía decirle, “no hablemos
de esto que es pasado”. Ya que “todo” entre ellos era "pasado"; y lo
volvían a sacar a la luz en cada llamada y todo los emocionaba, los alegraba,
era un momento encantador, de recuerdos, de lindos momentos. Pero la
incomodidad que ella comenzaba a sentir, la fue guiando. Trató de darle la importancia
que merecía, y buscó, alguna excusa elegante, para cortar la comunicación.
Los días pasaban
y Laura no salía de su asombro. Ya no soportaba la insistencia de Enrique, pero
algo le decía que no debía tratarlo mal...
Además, se
sentía sobrepasada por sus problemas en la casa, con su esposo, que había
tomado la costumbre de llegar tarde a la casa. Las tareas de los chicos, el
trabajo, todo era un caos. A esto se sumaban, las llamadas de Enrique; quien
encontraba la excusa perfecta para llamarla y hablar durante horas.
-
Tu marido
todavía no llega, así que podemos hablar un ratito más ¿dale? – decía en el
mismo tono suplicante, como cuando le pidió un beso, aquella primera vez.
A ella no le
desagradaba, pero si, llegaba un momento en que necesitaba cortar la
conversación para continuar con su vida. Y se sentía culpable a veces, sentía
que era la emoción, como parte de un cúmulo de recuerdos que no le permitían
cortarle de una vez y no atenderlo más… Con
la insistencia por parte de Enrique para llamarla por las noches, con la excusa
de hablar más relajados… ella sentía que a él le pasaba algo más. Trató de buscarle
el lado gracioso, para desechar las
dudas, ya que Enrique era un hombre grande, y no podría estar poniendo en juego
a su familia, por la noviecita de los trece. Y mucho más, si ella jamás le
dio ninguna señal para que él entienda algo que en realidad no era.
Esos días Laura
no dormía bien. No podía ocupar sus pensamientos, con estos recuerdos; ni
atender esas largas llamadas, justo en el momento en que luchaba contra su
depresión. Hacía unos días, apenas, había llegado de viaje, y toda su vida
personal parecía derrumbarse al descubrir que su esposo tenía una amante.
-
¡Qué fácil
la hacen los tipos cuando la mujer no está! – pensó Laura, mientras rechazaba
la llamada de Enrique.
Pasaron
los días y volvieron a hablar. “¿Qué canción era esta?”; o “¿…Teníamos este disco?”… Y así. Y él se aproximaba con cualquier excusa, y
Laura intentaba esquivarlo porque no podía pasar nada, ella no sentía nada por
él. Era solo eso, pasado. Tratando de no volver a hablar más de alguna vez
“nosotros”, para que él, ni por casualidad creyera que aquel “Nosotros” era una
puerta a una nueva posibilidad. Por lo menos, no entraba en los planes de
Laura, ni remotamente.
Cuando creyó
que podía relajarse, porque se entendía que cada uno tenía una vida aparte, él
le dijo:
-
¡Antes que
nada!, te cuento… estoy en pareja.
Ella se relajó,
porque si empezaba por ahí, ya no iba a tirarse más en picada… Y por dentro
pensó - ¿yyyy?- o sea, a ella eso no le
importaba. Lo peor…, jamás se le cruzó por la cabeza nada, pero absolutamente
nada de lo que ya se veía venir.
Y Enrique siguió:
-
La conocí en
el negocio. Yo todavía estaba con la Tana, pero ya estaba todo mal, - aclaró
apresurado, como si a Laura le importase. – Es viuda – siguió - y tiene tres
nenas y un varón. Grandes. El varón tiene 17, y es de “oootro” matrimonio. Y
las nenas, 16, 14; y 9 añitos, hijas del último, que falleció hará un
año.
Laura sintió
de pronto un gran alivio; cuando él dijo “añitos”. Eso le dio la pauta de que
le importaba como si fuera suya. Es raro escuchar a un tipo hablar con cariño
de las hijas de otro. Entonces, se relajó y pensó que ya estaban muy
quemadas sus neuronas, por todo lo que le estaba pasando en su matrimonio.
-
No todos los
tipos eran iguales. – se dijo.
Pensó que en realidad, todo el tiempo lo había malinterpretado.
Pero mientras metía su análisis en la bolsa de los errores, él volvió al
ataque.
-
¿Cuándo
venís…? o voy yo, no me importa. Me tomo un avión y voy. Decime ¿a dónde viajo?
Laura se
quedó helada, súper sorprendida, no sabía si reírse en voz alta, o seguir
tapando el teléfono para que no la escuche y no se ofenda.
-
"¿En
qué momento le dí algún motivo, o dije algo, para que el tipo piense…? ¿atenderlo
todas las veces que llama le da la pauta que tengo onda con él? ¡No!"
Hizo una
pausa en su torbellino de conjeturas. Ya estaba idiota de tanto mambo en
su cabeza… Dedujo por fin, que sus problemas
personales podían interferir, y volvía a creerse que el tipo le tiraba los
galgos, cuando en realidad solo quería recordar viejos momentos en una mesa de
café. Pero hay algo que no cerraba ¿hacer siete mil kilómetros para un
café?
-
No sé – le dijo
ella primero dudando, y después determinante – No voy a viajar, no puedo. Tengo
mi trabajo, mis obligaciones, mis hijos... - intentó que se note lo innecesario
de aquel encuentro.
Y él, como
si no la oyera, le dijo:
-
¡Yo dejo
todo! Pedímelo, y dejo todo para que volvamos a estar juntos. ¡No sé en qué
pensaba cuando te dejé ir!
Ella quedó
muda. Pensó, “este tipo enloqueció”.
Y como
máquina tragamonedas, empezaron a caer en su cabeza todos los recuerdos. Todo
lo sufrido. Lo pasado. Lo vivido. Y ahí llegó el día, sin saber que llegaría.
Sin haberlo buscado. Todo lo llorado. El día en que hablaron de “Ese"
pasado. ¿El de ambos?. O el de ella. Ese día trágico, cuando Enrique decidió
abandonarla...
Como si
hubiera existido un hilo invisible para tirar de él y sacar a relucir el dolor
sufrido, como si hubiera estado esperando muy paciente a que caiga en la red,
sin temores ella le dijo:
-
¿Te olvidas
que me dejaste mientras bailábamos esa canción de José Feliciano? “Para decir
adiós...” Y encima, como si fuera premeditado, me dijiste “escucha la
letra”.
Y mientras Laura
le decía esto, sintió que se sacaba un peso de encima. Ese tema le gustaba
cantarlo, y él se lo había arruinado. Pero eso era lo de menos, la estocada
llegó cuando ella le dijo:
- Ese día era el más feliz, era el mejor día en la
vida de una chica, o
debía serlo – dijo Laura sembrando misterio, mientras sentía que su voz
se volvía cada vez más cruda.
Él
totalmente extrañado preguntó
- ¿Por qué?
– confirmando que no había reparado en ello.
Con un tono
algo victorioso, o más precisamente, como sacándose un puñal del medio de su
pecho le dijo
- Era
mi fiesta de quince, algo pequeña, íntima, si… bailabamos en un boliche, ¿te
acordás? Porque decidimos ir allí, y
apenas éramos los ocho o diez de siempre. Pero era mí noche de los 15. Y me
dejaste.
- -
¡Nooooooooo! -dijo él desesperado – No puede ser que lo recuerdes así, con todo
el detalle. ¡Qué tarado fui!, ¡no me di cuenta! ¡Perdón!
Ella muy
calmada, como si estuviera saboreando hacerle sentir algo, de todo aquel dolor,
respondió:
- Ya está,
ya pasó. - minimizando el tema, porque notaba que él realmente sonaba
preocupado.
- ¿Estás
realmente bien? – le dijo él.
Ella de repente
se comenzó a reír sin entender que podía haber imaginado él. Se tapaba la
boca para que no la escuche a través del teléfono. Y él continuó:
-
¿lloraste
mucho?
Trató de
convencerlo que era historia antigua. Se reía por escucharlo tan preocupado, y
a la vez, pensaba en su inocencia de los 15, eran los años 80… Pero él parecía sentirse mal al respecto; y ella
en algún punto casi que se aprovechó, y sacó toda su amargura allí. En ese
mismo instante. No habría otra oportunidad, y debía quitarse ya esta historia
de encima.
- Me costó
mucho – le dijo – ese fin de semana escuché a Camilo Sesto todo el día, y
después rompí el disco en mil pedazos.
- ¿El vinilo
de 45 que yo te regalé? – le dijo Enrique, como si acabara de recordarlo –
¡Cierto que te gustaba Camilo Sesto…!
- Si,
aun me gusta – le dijo – Y como frutilla del postre agregó – esta semana me
bajé un mp3, y cantó “mía, la culpa
ha sido mía”...
Como ya era
hora de salir para el trabajo, quedaron en hablar pronto y cuando estaban por
cortar, Enrique le dijo:
-
Después
vamos a hablar, esto no puede quedar así. Yo debo decir también lo mío.
Para Laura
ya era suficiente. Sentía un gran alivio, aunque no sabía que guardaba en algún
rincón de su mente los hechos ocurridos aquella vez, pero salieron de su boca
con una fluidez sorprendente. Se sintió bien luego de eso.
En la
siguiente llamada fue asombroso ver como Enrique buscaba palabras para
disculparse. La versión de los hechos de Laura, de aquél día, parecían haberlo
impactado. Ella intentó explicar, que era parte de un pasado muy lejano, porque
él insistía en viajar a verla diciendo:
-
Con más
razón ahora, debo disculparme en persona. Soy una bestia, ¿Cómo pude tratarte
así…? ¡Justo a vos!
El caso es
que Laura logró explicarle que se le hacía difícil debido a su trabajo y los
horarios, poder dispensarle un tiempo en su ciudad; pero pactaron que ella viajaría
durante el próximo año... Aplacada su ansiedad por lograr un encuentro, se
remitieron solo a lo laboral.
En la radio donde Laura es
locutora, buscaban a alguien que se encargue de la columna musical, de un
programa retro. Esa era la especialidad de Enrique. Apenas saberlo, se ofreció
complacido, y como realmente no alcanzaba el tiempo para encontrar a otra
persona, lo tomaron a él. Esto produjo que vuelvan a tener otros puntos de
encuentro. Él, desarrollaba una columna
biográfica bastante personalizada, lo que lo hacía más interesante. Ella se
encargaba de buscar las canciones que él solicitaba, para que el “oper” los
tenga en la consola al momento de la emisión. Mientras salian al aire las canciones, Laura lo relajaba charlando un poco, y controlaba los tiempos de
salida. Él aprovechaba a comentar situaciones personales, sabiendo que
el tiempo era escaso, lo que obligaba a una conversación fuera de allí.
-
¿Recordás
nuestra canción? – le dijo un día.
Laura se quedó
helada. No tenía la menor idea de que “tenían” una canción. Simuló un…
- ¡Ya
salimos al aire! – lo apuró, cambiando de tema
- ¿Pero
te acordás? – insistió Enrique
- No,
la verdad es que tengo tanta música en la cabeza, ¿Cuál era que no me acuerdo?
– y por dentro pensó, - “si con esto no
le queda claro que no me pasa nada, no sé con qué le va a quedar claro”. Y rogó que le dé la respuesta sin más
vueltas.
Salió al
aire, y luego de pasar por varios temas de Bee Gees, relatando los detalles de
una grabación de un long play, de los 80; continuó tirando indirectas sobre la
próxima banda, que era justamente, la de la canción de ambos. Cerró la columna
diciendo:
-
“Le dejo un acertijo para el próximo jueves.
A la locutora, Laurita. Canto una línea y cierren conmigo; ¿a ver si recuerda
esta banda que decía…?” – y tarareó al aire esa canción.
Laura tomó la
llamada, ruborizada por no saber aún cual era, y le dijo que debía seguir con
el programa, que hablaban luego.
- Te
llamo a la noche – le dijo, y cortó.
Cuando volvieron
a hablar, él fue muy claro.
- Ahora que
no tenemos que salir al aire, te cuento. Cerré el negocio y estoy yendo al
médico, a hacerme unos estudios.
- ¿Estas
enfermo? – preguntó Laura
- No
lo sé, tuve un principio de cáncer hace un par de años, pero no creo que sea
eso. Tranquila que estoy atendido - le dijo. – yo quería contarte como conocí a “mi jermu”.
- “Tu pareja”
- le dijo Laura, porque él marcaba distancia con ella, como “por las dudas”.
- Si,
bueno, no se – le dijo. – Salgo con ella, charlamos… estamos de novios. Pero si
vos me pedís que viaje…
- ¡No!
– Laura por una vez decidió ser clara - Yo estoy muy bien donde estoy y como
estoy. Felizmente casada y con una hermosa familia. – supuso que sería
suficiente.
- ¿Todo
está bien con tu marido? ¿Te llevas bien? – indagó
- ¡Pero
claro! - le dijo Laura, cortante. Estaba muy segura que jamás le había contado
nada sobre las infidelidades de su esposo - ¿Acaso debo contarte algo respecto de mi
familia?
Buscó
establecer un límite, quizá algo duro, pero ya no le gustaba la insistencia. No
cedía, no aflojaba.
- Está
bien, entiendo – dijo Enrique. - Por ahora no te voy a decir más de vernos,
porque noto que te sentís presionada; pero solo quiero contarte porque te dejé.
Laura estaba
pensando seriamente no atenderlo más, buscar una excusa, algo, para ya romper
ese vínculo innecesario que se enraizaba a lo largo del tiempo y con cada
llamada. Él cada vez más insistente, y ella; cada vez más intolerante.
- “Vine
temprano, ¡y el médico todavía no llegó!” – le dejó escrito en un mensaje. – “Voy a contarte por escrito; aquí, en este
chat. Vos tranquila hace tus cosas, que yo mientras te cuento por acá.
Seré breve”.
- No,
estaré aquí - le dijo Laura - Quizá no
te responda enseguida, pero estoy.
- La
mujer con la que estoy ahora es súper celosa, por eso debo agendarte de otra
manera, por las dudas. No te enojes.
- ¿Pero
si no pasa nada? ¿Por las dudas de que? – dijo Laura
- Bueno - suavizó él – me refiero a que va a pensar cualquier cosa, y hasta que yo pueda
contarle, ya me rompió el teléfono…
- ¡Ah
que loca tu señora! – sonrió, tratando de poner humor.
- Ella
venía a verme al local, creo que esto te lo dije, ¿no? Y me visitaba, mientras
esperaba que salga su nena más chiquita de la escuela. – Ríe – ¡Es un amor esa
chiquita!
- Bien,
ya “te compró” parece, - le dijo Laura.
- Claro,
yo tengo al varón nomás, es grande ya; y no hablamos mucho, vive con la madre…
¿te acordás de la Tana? – dijo Enrique – ah cierto...
- Si,
la mina que estaba con vos en la cabina, y te hacías el tonto, creyendo que yo
no veía. –le dijo Laura
- Pará,
pará, pará… ¡veo que no se te escapaba una! – dijo - te explico; cuando yo
empecé a salir con ella… es porque me buscaba… no te voy a decir que yo era un
santo, pero es que nosotros…, vos y yo
no teníamos sexo. Yo te quería respetar, y ella …me daba todo… ¿me entendes?
- Sí,
claro que entiendo. Yo era una nena – dijo Laura que igualmente no pudo ocultar
su dolor de haber sido traicionada, y enterarse tantos años después el “porque”
– ¡Si me hubieras dicho, quizá lo pensaba! - le dijo, y ya no le respondió más sus mensajes.
Pasaron los
días, y Laura sin darse cuenta, se tomó el trabajo de stalkear las redes de la
actual mujer. No sabía qué buscaba, pero le encantó verlo en miles de fotos con
ella y sus hijos, hablándose de amor, festejando navidades, o cumpleaños, y las
hijas diciéndole “papá”. Entonces pensó: “Ya saldamos cuentas, ¿Qué le falta a
este tipo que me llama tanto...?”
Días
después sonó el teléfono de Laura
- Hola,
estoy en el negocio ¿podes hablar? – le dijo él .
- Hola,
si, tranqui, estoy trabajando, pero si, ¿todo bien? –trató de ponerle un poco
el freno, ya había conseguido algo de paz con todos esos días sin llamadas.
- Quería
contarte que tenemos un estanque, aquí, con mi señora, y te cambié el nombre en
el teléfono, y te puse como “pez globo”, porque es ahí donde compro implementos
para este emprendimiento. – dijo mientras comenzaba a relatar la manera de
reproducción que tenían esos peces…
- Bueno,
ok, te dejo tranquilo, sigo trabajando. - le dijo Laura sin pensarlo mucho, no
entendía para que el detalle.
Él, como si
no hubiera leído el mensaje de Laura, siguió:
- Le
voy a dejar este negocio a ella, el de los peces. El local lo
atiende una de sus hijas. A mi hijo le
voy a dejar el perro. – y comenzó a relatar su testamento en línea; y a Laura empezó
a resultarle extraño.
- ¿Qué
pasó? ¿Te dieron mal los estudios? – le preguntó porque no comprendía el
detalle de sucesión de sus bienes.
- Si,
parece que no están del todo bien. Me dieron una medicación ahora, debo
alimentarme mejor, para poder recibir rayos… y mi teléfono a veces lo atiende
ella. –Aclaró - Por eso, “para que no se arme…”
- Tranquilo,
-le dijo Laura - No voy a hablarte si no es con la clave, como
siempre.
- ¡Necesito
verte!, con vos tendría fuerzas… - dijo él, hasta que Laura le cortó la
conversación.
- ¿Enrique
vos no te das cuenta lo que te ama esa mujer? ¿Qué necesidad tenés de que yo te
de ánimos, si tu mujer se desvive por vos? ¡Mira sus redes! Está llena de fotos
tuyas, no deja de hablar de vos y publicar ¡Cuánto te ama! ¿No es hora de que
disfrutes lo que tenés al lado? – le dijo, porque veía que desaprovechaba todo
ese amor; buscando cerrar algo que había terminado hace mucho tiempo ya.
-
¿Enserio me
decís? – Enrique sonaba con la voz muy débil en el teléfono. – No quería que me
escuches así, pero es lo mismo que dictar el mensaje y que se escriba solo.
Porque así hago, ya no tengo fuerza en las manos. Ya no escribo, hace rato.
- Si,
quédate tranquilo, no voy a llamar. - dijo Laura - Voy a estar mirando en las redes, estoy segura
que ella irá poniendo tus estados de salud. Pediré mucho a Dios para que sanes
rápido y pronto puedan disfrutar juntos todo ese amor. – Pero cortala de mirar
a otra parte, déjate ayudar por los que tenés al lado. Yo viajo para fin de
año, y nos vemos.
- ¡Gracias!
Te voy a estar esperando. – le dijo y cortó.
Dos meses después, faltando unos días para su cumpleaños, falleció.
Laura se
enteró por las redes, y se lo confirmó su hermana. Se lamentó por no estar ahí,
pero se sintió en paz, al saber que pudo
irse tranquilo, que no tenían nada
pendiente.
En las
redes, su mujer en desdicha publicaba sus penas, las fotos tristes, de verlo
caminando hacia el quirófano. En ese momento Laura pensó, -“¡Que bueno haberle
dicho que disfrute de su mujer, de su familia! Porque él trataba de buscar la
felicidad en otro lado, pero la tenía allí, yo lo vi”. Miró un par de fotos
más; lloró y le dijo adiós.
Una semana
después, quiso ver en las redes, pero ya la habían eliminado de allí. No podía
entrar más a las redes de Enrique. Y de él, solo
había una foto pequeñita. Durante un par de meses le miró las redes a ella. Y a
su manera, le agradeció que haya estado
ahí con él. Cuidándolo en sus últimos momentos. ¡Qué buena mina! Pensó.
Un par de
meses después entró a ver como se sentían, siempre en silencio. Y ya no había
fotos de él.
En su lugar,
había fotos de un hombre al lado de la que era su esposa, y las nenas lo
abrazaban, y lo etiquetaban como el nuevo “papá”. Laura se sorprendió
amargamente. Luego vió fotos de ella, sonriendo, e inmortalizando la frase,
“soy joven tengo derecho a rehacer mi vida” con razón, o no... y Laura sintió mucho dolor, el dolor de la traición…
No le gustó.
Si ella, que solo fue la novia de los trece, aún no había terminado el luto,
¿Cómo podía terminarlo ella, que era su esposa? Y encima, ya estaba “con una nueva oportunidad
de ser feliz” como dictaba debajo de las fotos.
Laura sintió
mucho dolor por Enrique, porque le insistió explicándole que su esposa lo
amaba, y ahora se daba cuenta de que no era tan así…
Después se
calmó. “-¿Quién soy yo?- Se dijo. - El amor es así”
A los seis
meses ya no había fotos de él. Tampoco del sucesor. Una foto de las nenas decía
“te vamos a extrañar papá”, y al lado, un lazo negro y la foto del sucesor.
Y Laura se congeló.
Dura. Tiesa.
Esto solo
pasa en la tv, pensó.
Ahora ve
que, en las redes, ella está muy de novia con otro señor, que esta subido en un
andamio, pintándole la casa, y ella le da un mate, y lo besa, y lo abrasa para
las fotos.
Y las nenas
le dicen “papá”.
Pobre señor…
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